Un saber médico milenario /Kléver Silva Zaldumbide

Columnistas, Opinión


En plena era de la información inmediata, las revisiones sistemáticas a doble ciego, los metaanálisis, la evidencia objetiva y hasta visual a través de la Resonancia Magnética Funcional entre otros y, superadas las distancias geográficas, el arte de curar practicado tradicionalmente en China se va extendiendo por Occidente sin dejar por ello de ser un enigma. Para acercarnos a la Medicina Tradicional China no tan sólo tenemos que desplazarnos por el espacio, sino también por el tiempo.  Con probada existencia de documentos escritos hace cerca de 3.500 años, desarrollada sobre sus propias bases filosóficas desde tiempos inmemoriales, su antigüedad, para algunos todavía sinónimo de caduco, infunde respeto y, sobre todo, indica que se trata de la más experimentada de las medicinas. Por ello la medicina es el fruto de la tradición china que mejor resiste el paso del tiempo. Además, no puede ser que 1.400 millones de personas, que son en china, sean imbéciles y sigan hasta la actualidad en algo necio. 

Toda medicina es producto de una cultura y está firmemente enraizada en el modo de pensar y sentir de un pueblo. No es posible trasplantar los conocimientos médicos de una civilización a otra sin que pierdan parte de su esencia y comprensión. La Medicina China no se deja trasladar sin su contexto, ni tampoco traducir literalmente. Además, el idioma chino, en muchas ocasiones, no admite la creación de nuevas palabras o equivalencias en su verdadero significado. Los caracteres chinos representan una memoria de casi cuatro mil años, pero el sentido de los ideogramas se nos va haciendo borroso a medida que retrocedemos en el tiempo, lo que contribuye a hacer apenas descifrables textos que ya en su época tenían amplios significados, con franjas abiertas a la libre interpretación. Esta ambigüedad explica que un mismo texto original pueda dar pie a versiones tan dispares. En consecuencia, para aplicarla a personas que vivimos en otras coordenadas culturales, y para convertirla en herramienta útil para solucionar los problemas del hombre de hoy, es imprescindible una clara comprensión de su método.

Los primeros pasos, en especial, entrañan una cierta dificultad. Los contenidos de esta medicina son de difícil trascripción. Reflejan una forma de pensar ajena a nuestra cultura. Nosotros escribimos sonidos, los chinos se expresan con imágenes. Los diccionarios no tienen correspondencias con sus ideogramas, ya que los conceptos son tan distintos como la lógica que los enlaza. El lector se topa con continuas referencias a unos elementos naturales: fuego, agua, madera y viento, que además se describen en términos de polaridad mediante los intraducibles Yin y Yang. El lenguaje parece hermético, accesible sólo a los iniciados; deja perplejo a quien simplemente se interesa por el tema y alimenta el escepticismo del simple curioso. Es opaco para quien parte de una formación científica, es decir, para buena parte de nosotros occidentales. Las traducciones de los textos chinos deberían estar llenas de mayúsculas, aunque quizás sería mejor simplemente que el lector tuviera en cuenta que en una cultura tan distinta todos los conceptos y las palabras que los soportan tienen necesariamente connotaciones distintas. Sin embargo, tener al alcance de la mano los frutos de un saber médico arraigado en la más remota antigüedad justifica el esfuerzo para descifrar los aparentes enigmas. (O)

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