“¿Trajiste el pan de Ambato?”/ Jéssica Torres Lescano

Columnistas, Opinión


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Parte de transitar Ambato previo al horario del toque de queda es presenciar largas filas afuera de las panaderías. Comensales -convocados por el aroma y el sabor- que con tanta paciencia esperan para abastecerse del tan afamado producto. El pan tiene una trayectoria de larga data como lo escribió el cronista oficial de Ambato Pedro Reino (2019). En la colonia, por ejemplo, se impulsó la producción panadera mediante un concurso promovido por el Obispo José Pérez de Calama en 1790. El pan que Arnold Bauer en su libro “Somos lo que compramos” (2002) lo denomina como un “bien civilizador” que, aunque más caro que el maíz era apreciado por su sabor y por considerarse como un símbolo de status, situación que se extendió hasta las décadas de los veinte y treinta del siglo XX (127).

No han sido pocas las páginas que se han dedicado al pan de Ambato. En monografías, revistas incluso poemarios de inicio y mediados del siglo XX hay fragmentos que son de utilidad para reconstruir su historia. Queremos mencionar la descripción realizada en la Revista Tungurahua (1954) sobre el pan en espacios más populares como los mercados. Situémonos por un momento en ese Ambato e imaginemos la siguiente narración:

Cuando salimos fuera de nuestra ciudad añoramos la sabrosura de nuestro pan, máxime si en rueda familiar se nos pregunta: «trajiste el pan de Ambato primito?» La fama del pan de Ambato siempre ha sido extraordinaria y ha corrido de boca en boca por todos los ámbitos del País. Es que la masa es preparada con gusto especial, con harinas escogidas, y tiene siempre el condumio del huevo y la manteca. Vemos a una auténtica panadera y vendedora de pan. Ella ha heredado este oficio y tiene la singular cualidad de fabricar el apetecido «pan de Pinllo». Quien recorra las callejuelas de nuestro Mercado tendrá que ser sorprendido por el grito de atención que le dan las panaderas «Empanadas calientes— pan de huevo caseritoooo» (Revista Tungurahua 1954).

La publicación viene acompañada de una fotografía que muestra una vendedora con una cesta de panes usando delantal y capelina. Se encuentran además otros espacios como las panaderías que incursionaban con procedimientos “más modernos” surtiendo una variedad de productos, algunos clásicos: aplanchados, pastas, dedos, galletas, moncaibas, bizcochos, pasteles, caracoles, milhojas, quesadillas. Y otros con los nombres más variados y novedosos como chumados de canela, corbatas, relámpagos, magdalenas.

Estos días se anunció el alza del precio del pan (Ambato no se une a la medida) y bien vale preguntarnos cómo se ha convertido en un producto de consumo masivo. Aquí algunas opciones de investigación: una microhistoria del pan o una historia conectada sobre los lugares de producción y expendio que reúna sus trajines hasta llegar a la mesa o rastrear la socialización familiar en el espacio privado como la casa a la hora de consumir el pan. La historia oral sigue siendo una alternativa para estas preguntas. (O)

Historiadora

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