Sonido, pantalla y texto

Columnistas, Opinión

Preocupante resulta el auge de narrativas que, bajo la apariencia de independencia, permiten o reproducen falacias y construyen relatos de victimización. 

En un entorno donde la información circula a gran velocidad, enterarse de lo que acontece ha dejado de ser un proceso pasivo y se ha convertido en una tarea exigente. No basta con escuchar o leer; es fundamental verificar, cuestionar y resistir la tentación de aceptar -sin crítica – lo que se presenta como verdad.

Es común encontrar (dejando a salvo las excepciones que confirman la regla) medios o voces que se autoproclaman los únicos dispuestos a decir “lo que otros callan”. Esta premisa, puede operar como un escudo que inhibe el cuestionamiento, donde quien discrepa no solo está en desacuerdo, sino que se convierte en parte del problema. El debate entonces se empobrece y se transforma en una dicotomía simplista entre “los que se supone saben la verdad” y “los que la ocultan”. 

Esta lógica no solo es falaz, sino dañina para cualquier sociedad que aspira a un diálogo plural.

En ese fenómeno, la victimización juega un papel crucial. Presentarse como perseguido o silenciado otorga una legitimidad emocional que reemplaza a la evidencia. Así, el discurso se sostiene en una narrativa de agravio, apelando a la empatía del público más que a hechos verificables. Y esta relación casi afectiva con la audiencia provoca que el contenido se consuma más por identificación que por su valor informativo.

¡Cuando la emoción predomina, la razón se relega!

Sin embargo, el problema no recae solo en quienes emiten los mensajes. También afecta a quienes facilitan y a una audiencia que, ya sea por saturación o afinidad ideológica, acepta sin cuestionar lo que reafirma sus creencias. Este acontecimiento, conocido como sesgo de confirmación, actúa como un filtro invisible que selecciona la información que queremos ver y descarta la que nos molesta. De esta forma, incluso los discursos más débiles pueden parecer sólidos.

Por lo tanto, cotejar información se vuelve no solo recomendable, sino esencial. Comparar fuentes, diferenciar hechos de opiniones, y analizar el lenguaje utilizado son prácticas que fortalecen nuestro criterio individual. No se trata de desconfiar por desconfiar, sino de construir una relación de confianza informada basada en la evidencia, no en la retórica.

Vale insistir que, la independencia de un medio no garantiza por sí sola y automáticamente, su rigor. La verdadera entereza se demuestra a través de la consistencia en el trabajo, la transparencia de las fuentes y la disposición a corregir errores. 

La búsqueda de la verdad debe ser un compromiso constante con la revisión y la honestidad intelectual. 

Cualesquiera que fuere el debate, el intercambio o la entrevista, debería contemplar un marco regulatorio, y no dejar el diálogo abierto y sin restricciones a sus invitados.

Finalmente, la calidad del debate público depende tanto de quienes comunican como de quienes consumen esa información. La responsabilidad es compartida. En un mundo con abundantes voces y escaso tiempo para analizarlas, cultivar un pensamiento crítico sólido es quizás la herramienta más valiosa. No para desconfiar, sino para comprender mejor y evitar ser arrastrados por discursos que se asemejan más a la manipulación que a la realidad. 

Propicio será hacer el esfuerzo de diferenciar la verdad. (O)

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