Soberanía alimentaria: En un punto de inflexión

Columnistas, Opinión

La soberanía alimentaria es el derecho de los pueblos a decidir cómo producir y consumir alimentos priorizando sistemas locales, además implica fortalecer a los pequeños y medianos productores para garantizar un acceso justo y sostenible a los alimentos. En este sentido, la soberanía alimentaria en Ecuador atraviesa hoy un punto de inflexión que no podemos ignorar. Mientras el país enfrenta una inseguridad alimentaria, producto de la crisis energética, la sequía agrícola y la vulnerabilidad económica de millones de hogares, el reciente Acuerdo de Comercio Recíproco con Estados Unidos irrumpe como un factor que puede redefinir, para bien o para mal, la arquitectura del sistema alimentario nacional. 

El Gobierno celebra el acuerdo como una victoria estratégica: la eliminación de sobretasas para el 53% de las exportaciones no petroleras abre la puerta a un mercado clave para productos como banano, cacao, flores, mango o pitahaya, que sostienen miles de empleos rurales y generan divisas para el país. También promete modernizar la producción a través del ingreso de maquinaria agrícola e insumos estadounidenses con arancel cero, lo que, en teoría, podría mejorar la productividad del agro nacional y fortalecer su capacidad de competir. 

Sin embargo, reducir este acuerdo a un triunfo sería ingenuo. A medida que se analizan sus implicaciones, surgen señales de alerta que tocan directamente el corazón de la soberanía alimentaria. Los agricultores ecuatorianos, especialmente los del sector maicero, han expresado una preocupación legítima: ¿cómo competir con un sistema agrícola estadounidense que recibe millones de dólares anuales en subsidios, dirigidos justamente a cultivos como maíz, soya, arroz y trigo?. Donde irán a para miles de empleos rurales vinculados al maíz, cultivo que es estratégico para el abastecimiento interno. 

Ciertamente se podría pensar que el acuerdo comercial con Estados Unidos es asimetrico, pues se dice que Ecuador abre más del 90% de sus líneas arancelarias, mientras que Estados Unidos ofrece una apertura parcial y selectiva, enfocada en sectores donde ya es altamente competitivo.  Integrarnos al comercio global sacrificando nuestra capacidad de alimentarnos desde nuestro propio territorio es un riesgo. Este acuerdo representa una oportunidad en tanto y en cuanto se acompañe de medidas internas que aseguren que los pequeños y medianos productores puedan competir, tecnificarse y acceder a financiamiento barato. Evidentemente, este acuerdo podría ser un catalizador para modernizar el agro, mejorar la productividad y financiar programas que garanticen el derecho a la alimentación. O talvez se puede  amplíar la brecha entre un sector agroexportador pujante y un campo productor de alimentos cada vez más vulnerable. (O)

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