Slogans de campaña / Washington Montaño Correa

Columnistas, Opinión

Como más que creativos, se les podría catalogar a los artífices de los diferentes lemas de campaña o “slogans” con los que desean impactar a los potenciales votantes; algunos cumplen con lo cometido por dos razones que considero básicas: primero porque tocan la parte sensible de los seres humanos y segundo porque se vuelven en reto para quienes lo ofrecen. El mensaje subliminal llega y contagia, cuando aluden a la solidaridad, honestidad, credibilidad, a la fuerza común o hablan sobre la tierra en que se nace como Ambato siempre primero, Ambato tierrita linda, Ambato mi pasión, Tungurahua, segura, moderna y productiva, entre otras con las que la gente del pueblo se identifica porque siente su ausencia y este ofrecimiento viene a llenar sus aspiraciones.

Y hay otros que, generalmente por su contenido, revela inconformidades y exigen al votante, a razonar su voto y direccionar su preferencia por el contenido del slogan como: ya me decidí por…;es hora de gente nueva, vamos por el cambio, Tú decides el cambio, la diferencia es el futuro, ruta segura al cole, avanzamos y tantas cosas que se dicen para captar el voto.

Un álbum, deberíamos llenar para tener como evidencia lo que ofrecieron porque conforme se llega al final de esta estridente y fastidiosa campaña, los candidatos se desbocan en ofrecimientos, se escuchan ataques entre candidatos, cuando no se ven y en vivo son ñañones. “Toda campaña electoral es sucia, desleal, llena de antivalores y es una clara demostración de las ambiciones y mezquindades de las personas participantes; no importa a quienes pises con tal de lograr el anhelado poder porque, al ser posesionado e investido, afloran limpios e inmaculados del pecado original que tienen todos los candidatos: creer que es el mejor por triunfar”

No hay malos candidatos, sino una pésima forma o manera de llevar una campaña: antes, durante y después del tiempo electoral. Cierto es que solo hay triunfadores por los votos que arrastran los partidos de por sí populosos y el aporte personal de votos por ser candidato conocido, viejo político o cuereado apostador “a la fija”. Pero también existen personas que, a más de ser candidatos de ocasión, exhiben un lenguaje coherente, hacen ofertas racionales, se empeñan más en comunicar ideas, planes, proyectos, que en tratar de convencer de lo que posiblemente nunca hagan; esos votos si son de peso.

Y toda campaña comienza por lo que se ve y se escucha de las campañas pasadas y de cómo impacta el slogan en las personas, a lo mejor ustedes si se acuerdan de: “Justicia social con libertad” frente al “Pan, techo y empleo”. Con el primer slogan, las personas del pueblo, no entendían a qué se refería el joven político de izquierda que entusiasta lo proclamaba en calles y plazas. El segundo slogan fue pronunciado por un viejo político de derecha, con tres palabras que encerraban el anhelo de un pueblo, tener comida, una casa y un trabajo.  No es adivinanza, ustedes sí saben quiénes fueron esos políticos.

El slogan es un poder tan refinado que se ha convertido en industria y quienes los crean, venden sus ideas al mejor postor, que generalmente es el político. Las masas consumen ideas y las vuelven votos. (O)

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