Siempre falta algo…

El Mundial 2026 terminó y la sensación es esa que los ecuatorianos ya conocemos. Un sabor agrio que no es derrota total, sino algo peor: quedarse cerca. Ver a la Selección obliga a hacerse la pregunta que nadie quiere responder: ¿por qué siempre falta algo?
Ecuador llegó con jugadores jóvenes que en las eliminatorias habían hecho soñar. Se veía orden, entrega, una idea de juego. La hinchada flameó el amarillo, azul y rojo en las tribunas y en cada barrio ese aliento era desbordante. Pero llegaron al Mundial, volvió a pasar lo de siempre. Compitieron, hicieron méritos, crearon ocasiones; pero el gol no quiso entrar.
No es falta de talento. Eso quedó claro partido a partido. Es otra cosa, más difícil de corregir que un cambio táctico: la incapacidad de dar el paso adelante cuando el partido lo pide. El miedo a equivocarse en el momento que más importa. La diferencia, al final, entre querer ganar y saber ganar.
En el fútbol no alcanza con crear ocasiones. Hace falta personalidad para no achicarse cuando el marcador aprieta e inteligencia para definir cuando el rival está contra las cuerdas. Ecuador demostró que puede pararse de igual a igual frente a selecciones con más historia. Sin embargo, mostró que le falta ese temple que no se aprende en concentración: se construye con años de experiencia y aprendiendo a ganar y a perder.
Diez pases bonitos no consuelan si no hay goles. La posesión de la pelota no sirve si el marcador dice cero. Eso duele más que una goleada, porque el problema no estuvo en el rival. Estuvimos nosotros mismos en el camino.
Ojalá esta vez la lección se quede. Ojalá los niños que hoy ven esta camiseta no hereden solo el amor por los colores, sino las ganas de cruzar ese límite que nos cuesta tanto romper. (O)
