Serie sobre la corrupción: en los partidos políticos / Ing. Patricio Chambers M.

Columnistas, Opinión



Si ha existido un sector identificado desde siempre con la corrupción, ese ha sido precisamente el de los partidos políticos. Pero ¿dónde se origina tal identificación y cómo se dio este proceso?, es un tema que abordaremos en la presente entrega.

Partamos por recordar que la palabra política viene del griego “polis”, aquellas ciudades – estado que se ubicaron a lo largo y ancho del Mediterráneo varios siglos antes de la era cristiana. Tuvieron como característica el ser gobiernos autónomos con una legislación y organización social propias.

A los habitantes de estas polis se los llamó políticos y a sus actividades política, es decir que, bajo esta perspectiva hacer política es cumplir con aquellas labores que demanda la construcción de una sociedad. Es así como, se hace política cuando se legisla, pero también cuando se labra la tierra, cuando se investiga, educa o se hace una ofrenda a lo sagrado.

El político es el ciudadano que beneficia a su comunidad a través de su trabajo diario. He ahí el concepto clásico de política.

Pero con el pasar del tiempo, aquella idea política de beneficio y servicio a los demás pasó de una visión global de la realidad, a una reducción hacia lo particular; segmentando y dividiendo el conjunto en sinnúmero de partes, dando lugar a los partidos políticos.

En este contexto no cabe la unidad sino una multitud de intereses, que ven en este tipo de organizaciones su mejor herramienta para favorecer a determinado sector de la población. Sin embargo, dichos intereses necesariamente entran en conflicto, entonces hará falta fortalecerse para vencer e incluso aniquilar políticamente a los contrarios.

Esto es posible a través de las campañas electorales y con ellas, llegan también las semillas de la corrupción; pues el sistema actual de elecciones exige para su funcionamiento enormes sumas de dinero.

Por eso las organizaciones políticas se han convertido en auténticas empresas electorales, cuyas inversiones son puestas en juego cada campaña y mientras tanto se sustentan con los aportes económicos de quienes se beneficiaron anteriormente.

Todo empieza con la conformación de listas, en las que ciertos puestos son cotizados por miles de dólares. En este caso y como siempre habrá quien pague, simplemente será incorporado sin importar si está o no de acuerdo con la ideología de la agrupación.

Un reducidísimo grupo de gente decide quiénes van y quiénes no. Se tranza, se negocia, se analiza a conveniencia y si más adelante alguno alcanza cualquier dignidad, más vale que sepa que sus gestiones estarán comprometidas en favor de los auspiciantes que exigirán su paga a través de jugosos contratos.

En cuanto a los afiliados, en realidad son socios de estas empresas, en las que cada uno aporta en la medida de sus propias pretensiones.

Es así como estas maquinarias electorales llamadas partidos políticos, viabilizan la corrupción en sus países con tentáculos que permanecen ocultos y enquistados en el aparato estatal, independientemente de quien lo dirija. (O)

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