Sepultado en la puerta de la iglesia matriz. 1805 / Pedro Reino

Columnistas, Opinión

 

En la tradición popular y en el marco de la informalidad oral, nuestra gente dice que los bienes que adquirió en la vida lo terminan consumiendo, que es una forma de heredar, los médicos, los abogados y los curas. A estas alturas de la historia, casi nada ha cambiado, excepto el tercer beneficiario. ¿Será que al hombre moderno ya no le importa mucho asegurarse que le envíen al cielo? A pesar de que en muchas cosas, aquí todavía se vive la Edad Media o esa mentalidad colonial, ciertas prácticas van perdiendo esa “importancia simbólica” del privilegio frente a la muerte. Lo último que estamos viviendo en cuanto a tendencias funerarias, constituyen las cremaciones. Y con esto, la gente moderna está pidiendo que sus cenizas ni siquiera sean guardadas en cofres para veneración de su parentela, sino que sean botadas en las montañas, en los ríos o en el mar.

Gente de Ambato ya nos ha dado la pauta al respecto. Un profesor liberal admirador de Bolívar había dispuesto que lo cremen, y como había escrito sus libros sobre la nulidad del Protocolo de Río de janeiro y sobre nuestro ‘derecho al Amazonas’, la petición se complementaba con que sus cenizas tenían que irlas a dejar en el Amazonas. Me contaron que como faltaban los recursos y papeles internacionales, sus familiares solo pudieron llegar hasta uno de los afluentes ecuatorianos. Esperamos que el polvo haya llegado a su destino. Otro compañero profesor universitario, muy vinculado a la iglesia, pidió, y de igual modo se cumplió, que lo cremasen y que sus cenizas las depositaran entre las nieves eternas del Chimborazo. Allá se está más cerca del Dios Creador de la Naturaleza, “sin el martirio de la memoria de quienes pronto nos olvidan”. Hace poco, un grupo de “gringos” que usualmente viven en Baños de Tungurahua, me encontraron en Matal, una bahía cercana a Jama a orillas del mar. Estaban lanzando al mar las cenizas de uno de sus amigos, conforme a su última voluntad.

Han pasado unos 200 años para cambiar la mentalidad del moribundo, según esta crónica de 1805. La Edad Media sepultaba sus muertos bajo los altares de las iglesias. Mariano Rico, al quien nos vamos a referir, ya está alejándose del espacio sagrado de los altares “Iten declaro que si la Divina Providencia fuere servido de llevarme desta presente vida a la otra mi cuerpo sea sepultado en la puerta de la Iglesia Matriz de esta villa para lo que dejo  tres pesos para mi señor cura y vicario y así mismo suplico a dicho señor cura y vicario se  acomode con las tierras por no tener más tierras”. El acuerdo parece que estuvo ligado a lo que valían las tierras, para que se “acomode, por no tener más tierras”. El comprensivo sacerdote también le habría ofrecido “acomodarle” una sepultura en un sitio poco usual: la puerta de la iglesia por donde pasa toda la gente pisoteando.

Y a propósito de muertos, la momia de Montalvo, en el marco del irrespeto a su genio, constituye nervio de polémica entre las tendencias y mentalidades ultra conservadoras y más liberales de quienes se sienten poseedores de decisiones y opiniones. Que defiendan su momia quienes se benefician de ella, puesto que desde hace tiempo han sido los herederos, sus adversarios políticos, los que se han apoderado de su cadáver y de su casa. Su espíritu libre goza de otros espacios, y por ello puede aparecer como indiferente  que ante los dueños de espacios sagrados, no podamos  acomodarnos a sus intereses ideológicos y lucrativos. (O)

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