Sabores y fe en la fanesca

Interculturalidad

En el corazón de la identidad ecuatoriana, la Semana Santa se manifiesta no solo en las procesiones y el recogimiento, sino en el vapor que emana de las ollas familiares. La fanesca, más que un potaje robusto, funciona como un mapa gastronómico de la devoción católica, donde cada grano y aderezo cuenta una parte de la historia sagrada.

Esta tradición, nacida de la necesidad de abstinencia de carnes rojas durante la Cuaresma, ha evolucionado hasta convertirse en un símbolo de unidad. Prepararla es un ritual de paciencia: desde la purificación de los chochos durante siete días —uno por cada pecado capital— hasta la selección del bacalao, que con su presencia evoca el milagro de la multiplicación de los peces.

La simbología se extiende a cada rincón del plato. El maíz tierno representa a San Pedro; las habas rinden homenaje a María Magdalena; y el zapallo, en su generosa abundancia, recuerda la renuncia material de San Francisco de Asís. Incluso los elementos finales, como las frituras, tienen un lugar en este ecosistema social, representando a los parientes y visitas que estrechan los lazos comunitarios durante los días santos.

Al final del día, la fanesca trasciende el concepto de receta. Es un acto de compartir donde la armonía de los lácteos y el aroma de las hierbas de San Martín de Porres consolidan una herencia que se degusta con el alma. (I)

Deja una respuesta