¿Quién educa hoy: la familia, la escuela o las redes sociales?

Columnistas, Opinión

Hace algunos años, la respuesta a esta pregunta era bastante simple: en casa se aprendían los valores, en la escuela los conocimientos y en la calle se aprendía a convivir con los demás. Hoy las cosas han cambiado. Las redes sociales, los videos cortos y el contenido que circula por Internet se han convertido en una de las principales influencias en la vida de niños y jóvenes. Por eso, más que preguntarnos quién debería educar, quizás debamos preguntarnos quién lo está haciendo realmente.

Basta caminar por cualquier parque, plaza o centro comercial para ver a niños y adolescentes concentrados en la pantalla de un celular. Mientras muchos padres trabajan largas jornadas para sacar adelante a sus familias, son las redes sociales las que acompañan a los jóvenes durante gran parte del día. Y aunque la tecnología trae grandes beneficios, también está ocupando espacios que antes pertenecían a la familia y a la escuela.

El problema no es el Internet. Gracias a la tecnología, hoy es posible aprender idiomas, adquirir nuevas habilidades o acceder a conocimientos que antes estaban al alcance de muy pocos. El problema surge cuando las redes sociales empiezan a enseñar más que los padres y los profesores. Cuando un joven escucha más a un influencer que a su propia familia, algo está cambiando en la forma en que se forman las nuevas generaciones.

Cada vez es más común que los jóvenes conozcan al detalle la vida de celebridades de Internet, pero sepan muy poco sobre la historia de su país o sobre los valores que les ayudarán a enfrentar los desafíos de la vida. En muchos hogares, el celular ha reemplazado las conversaciones familiares. Se habla menos, se comparte menos y, en ocasiones, se escucha menos.

Ciertamente, no podemos pedir que la escuela resuelva sola este problema. Los docentes enseñan conocimientos, orientan, acompañan y muchas veces asumen responsabilidades que van mucho más allá de las aulas. Sin embargo, ninguna institución educativa puede reemplazar el ejemplo, el afecto y la guía que deben venir desde el hogar.

Nuestros jóvenes necesitan tecnología, pero también necesitan referentes, diálogo y principios sólidos que les permitan distinguir entre lo que les aporta y lo que simplemente les distrae.

La tecnología seguirá avanzando y eso no va a cambiar. Lo que sí podemos cambiar es la forma en que acompañamos a nuestros hijos. Porque al final, Internet puede enseñar matemáticas, idiomas o programación, pero difícilmente enseñará honestidad, respeto, empatía o compromiso con los demás. Esos valores deben seguir aprendiendose  en casa, fortalecerlos en la escuela; al final del día, son los que, construyen una mejor sociedad.

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