El desafio de gobernar más allá del espectáculo 

Columnistas, Opinión

Gobernar no es administrar titulares, ocupar todos los días el centro de la conversación pública; y, mucho menos, limitarse impávido a espectar la sucesión interminable de acontecimientos. Un gobierno se sostiene cuando consigue articular tres dimensiones inseparables del poder: los políticos, la política y las políticas públicas.

Los políticos son el rostro visible (presidentes, ministros, legisladores, alcaldes, asesores). Pero cuando el hacer de la política queda reducido a sus nombres, gestos, disputas y declaraciones, la democracia termina convertida en espectáculo y reducida a saber: quién comunicó mejor, quién derrotó a quién, quién traicionó, o quién resistió.

La política, exige algo mucho más difícil y menos vistoso: construir acuerdos, administrar conflictos y gobernar entre intereses legítimamente contrapuestos. Para ello, la técnica es necesaria, pero resulta insuficiente al igual que la comunicación sin una conducción política, porque terminarán subordinadas a la urgencia del día a día.

En tanto las políticas públicas, allí donde el discurso enfrenta su verdadera prueba (seguridad, empleo, salud, educación, inversión, justicia y servicios públicos) no se resuelven solo con consignas, sino con decisiones, instituciones, presupuesto, ejecución y evaluación.

La ciudadanía puede escuchar muchos discursos; pero finalmente, vive sus consecuencias.

Y, cuando ese tríptico se desequilibra, el resultado es previsible: políticos preocupados por sobrevivir, política convertida en confrontación y políticas públicas anunciadas, pero ejecutadas con fragilidad.

Las circunstancias nos ubican en un momento en el que no es suficiente saber quién dispara, sino también quién financia, quién facilita y quién se beneficia.

Tampoco lo es ignorar el vacío que deja el Estado, porque es precisamente allí, en donde faltan oportunidades, servicios, autoridad legítima y presencia institucional, que las organizaciones criminales encuentran terreno fértil para construir dependencia y poder social.

Por cierto, eso no justifica el delito, pero lo explica. Y comprenderlo permite combatirlo mejor.

Operativos, capturas, estados de excepción y despliegues de fuerza son necesarios para contener la violencia. Pero una economía criminal, no desaparece porque caiga un sicario. Detrás de la violencia existe toda una arquitectura de dinero, corrupción, protección y redes de influencia que debe ser identificada y corregida.

Enfrentar al crimen organizado exige mucho más que fuerza. Exige inteligencia financiera, investigación patrimonial, depuración institucional y control efectivo de puertos, cárceles, fronteras, minería ilegal, rutas logísticas y contratación pública.

La seguridad, no puede depender únicamente de fusiles, operativos o propaganda. 

Necesita instituciones capaces de seguir el dinero, combatir la corrupción, recuperar territorios y reconstruir confianza. De ahí la importancia de la cooperación internacional y la evidencia de integrar un bloque regional específico y comprometido con el cambio.

Porque la ciudadanía exige no solo coherencia. Quiere resultados que garanticen una vida cotidiana más segura y digna.

Entonces, preguntémonos dónde queremos situarnos: ¿en el facilismo de la crítica mordaz e implacable, cómoda cuando todo se reduce al caos?… ¿O en la incertidumbre exigente del aprendizaje diario, donde reconocer el error no significa claudicar, sino enmendar, participar y asumir responsabilidades?

Gobernar más allá del espectáculo supone entender que el poder no está para alimentar el show. Está para responder por la realidad. Porque no basta con parecer, hay que decidir con responsabilidad, corregir cuando sea necesario y sostener el rumbo cuando las dificultades exijan instituciones fuertes y compromiso con la ciudadanía libre.

A despecho de otras miradas que reiteradamente insisten en mantener distancias… precisamos reconocer que, a pesar de todo, como sociedad, cómo país estamos avanzando.

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