¡Qué triste! (II)

Columnistas, Opinión

La semana pasada hablamos de lo triste que significa haber alcanzado un nivel tecnológico tan alto gracias a la Inteligencia Artificial (IA) y que precisamente por eso, sabernos incapaces de identificar qué es real y qué falso.

Una de las características fundamentales de la IA es que, a diferencia de otro tipo de tecnología, esta se autoalimenta cada segundo con “toneladas” de información capaz de hacerla cada vez más inteligente y más artificial. En otras palabras, la IA día a día está más cerca de alcanzar la ‘singularidad tecnológica’ que no es sino el momento en el que se vuelve completamente independiente del ser humano y comienza a mejorarse por sí misma a un ritmo imposible de controlar o predecir.

Mientras llegamos a ese punto (que podría ser mucho antes de terminar este siglo), sigamos maravillándonos y entristeciéndonos a la vez, con algunos de sus increíbles avances y bizarras consecuencias, esta vez enfocados en el séptimo arte.

Las películas El irlandés y Here, por citar un par, desarrollan sus tramas durante una línea temporal de más o menos cincuenta años con los mismos actores de principio a fin. La IA los rejuveneció y no hubo necesidad de contratar otros actores -parecidos físicamente- para cada momento temporal. Si se fija, los resultados son espectaculares (en realidad, es imposible no asombrarse), pero también es triste, porque con unos cuantos prompts echaron al traste el romántico y hasta hace poco ingenioso desafío de la producción audiovisual.

Contrario a estos filmes, la película Boyhood fue rodada durante doce años reales (2002 – 2013) con los mismos actores. El protagonista, interpretado por Ellar Coltrane, tenía seis años al iniciar la filmación y dieciocho al terminarlo, de modo que el espectador lo ve crecer de verdad ante la cámara. 

Tanto en el cine, como en cualquier actividad que involucre IA, la triste disyuntiva es que, por un lado, lo natural (opuesto a lo artificial) atrae más porque habla de la genuinidad del ser humano, pero por otro, si la IA nos facilita enormemente la vida, sería absurdo no usarla.

Por eso, el factor más determinante no es quién, cómo o para qué se trabaja con IA, o sea, lo crucial no está en su desarrollo y expansión per se; el punto crítico está en quien la consume porque finalmente es él quien dará valor y significado a lo que percibe.

Se lo explico con un ejemplo. No he oído aún las declaraciones de Rafael Correa respecto al audio donde él dispone apuntar cámaras de seguridad regentadas por el Municipio de Guayaquil a un domicilio en particular con el propósito de armar narrativas forzadas en contra del gobierno.

Si Correa acepta los audios, estaría poniéndose la soga al cuello. Si los niega, aduciendo manipulación con IA, pues, dado su amplio prontuariado, ya dependería de usted, estimado lector, secundar o no esta nueva negativa que se sumaría al sinfín de delitos atribuidos a él que no los ha querido aceptar. (O)

mariofernandobarona@gmail.com

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