¡Qué miedo! ¿Por qué?

Columnistas, Opinión

Al pasar por los puentes que conectan el centro con Ficoa y Atocha, algunas personas aceleran el paso, otras evitan mirar hacia abajo, pero casi todos terminan haciéndose la misma pregunta: ¿por qué? ¿Por qué alguien decidiría tomar esa decisión?

La respuesta suele ser más compleja de lo que imaginamos. 

Desde la lógica cotidiana, el miedo a caer desde una gran altura parece suficiente para detener a cualquiera. Sin embargo, cuando una persona atraviesa un sufrimiento emocional profundo, su forma de percibir la realidad puede cambiar significativamente. 

Lo que para otros resulta aterrador, para esa persona parece una salida al dolor que lleva acumulando durante mucho tiempo.

Desde la psicología sabemos que las conductas suicidas rara vez aparecen de manera repentina. Generalmente son el resultado de múltiples factores que se han ido acumulando: pérdidas importantes, conflictos familiares, aislamiento social, experiencias traumáticas, problemas económicos, enfermedades mentales y/o corporales, o una profunda sensación de desesperanza. Con frecuencia, la persona no desea morir en sí misma; lo que desea es dejar de sufrir.

Cuando el dolor emocional alcanza niveles muy elevados, la capacidad para encontrar alternativas puede disminuir. En una crisis suicida, muchas personas llegan a percibir sus problemas como imposibles de resolver y pensar que su sufrimiento será permanente. Desde fuera puede parecer que existen múltiples caminos, pero para quien atraviese ese momento, las opciones se reducen hasta el punto de sentir que no hay una salida posible. 

Por eso, la pregunta no debería centrarse únicamente en el miedo que pudo sentir la persona al encontrarse sobre el puente. Tal vez la cuestión más importante sea qué tan grande era el dolor que cargaba para considerar ese salto como una salida a sus problemas. Comprender esto no significa justificar la decisión, sino reconocer la magnitud del sufrimiento que puede existir en ella.

Cada vez que ocurre una tragedia de este tipo, la sociedad suele preguntarse qué pasó en ese instante. Sin embargo, la respuesta probablemente se encuentre mucho antes: en las semanas, meses o incluso años previos. Detrás de cada persona hay una historia que muchas veces pasó desapercibida. Escuchar, acompañar y tomar en serio las señales de sufrimiento emocional puede marcar una diferencia que, en algunos casos, salva vidas.

tamayodomenica5@gmail.com

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