Primeros médicos y temas afines en Quito. 1775

Las universidades coloniales de Quito estaban bajo régimen ideológico y administrativo de diversas órdenes religiosas. Según Keeding, el libro que estoy comentando (Surge la nación, Quito, 2005), fueron los dominicos, dedicados a traer libros de España, los que “desembocaron en la creación de una facultad de medicina en el colegio de San Fernando. Ésta otorgaba desde 1694, maestrías, licenciaturas y doctorados en medicina, pero solo dos de los diez alumnos que, según las fuentes actuales, obtuvieron el título entre 1694 y 1775…fueron Eugenio Espejo y Bernardo Delgado (fallecido en 1809), quien fue profesor de medicina de la Real Universidad de Quito, secularizada en 1786”. La fuente indica que pocas ocasiones se dictaron los cursos completos que duraban 3 años: “Anatomía / Fisiología (1), Patología (2) y “método” (3); este último consistía en un año de experiencias prácticas bajo la dirección de un médico… Las clases eran dictadas tanto por legos como por monjes dominicos”. ¿Eran médicos?
Las epidemias de sarampión y de viruela que azotaban a la población hizo que el cabildo quiteño tomara parte en la preocupación por la salud pública y hasta consiguió que se contratara profesores extranjeros, entre ellos un francés (Jean Jussieu) y un catalán (Francisco Bentboll) y hacía que los alumnos repitieran el examen final ante el Cabildo, y así darles la licencia profesional. Así lo hizo Espejo ante el Cabildo y los médicos Bernardo Delgado, José Villavicencio y Miguel Morán el 17 de noviembre de 1772, cuando Espejo ya rindió su examen en el claustro, 4 años antes, en 1768.
A más de las pestes anotadas, la población padecía de enfermedades venéreas y de la fiebre amarilla. Aquí el investigador nos hace notar las contradicciones cuando entra el negocio de por medio: “Entre 1784 y 1785 se prohibió la utilización de la excelente cascarilla de Loja en la Audiencia de Quito, puesto que su comercialización fue monopolizada por la Corte” (Nota de la p, 159).
Sobre cuestiones éticas, Keeding anota que entre franciscanos y dominicos tenían posiciones controvertidas e “irreconciliables”. Los franciscanos eran “sensualistas”, contrariamente a los dominicos que rechazaban la percepción por los sentidos. “A más de la autoridad de la iglesia -tradición y revelación- no existe conocimiento que no fuera adquirido a través de la “mens”…no se aceptaba la percepción directa de la materia”.
“Los franciscanos decían que, a través de la observación y la experiencia, los nervios y las membranas… son capaces de concebir sentimientos… En el siglo XVIII, la filosofía franciscana en Quito apareció como flexible y capaz de adaptarse a las nuevas corrientes… Al contrario, la filosofía de los dominicos defendía el punto de vista tomista inalterable.”
Hasta 1799 habían tesis de graduación como de Ignacio Ochoa y Carrera que planteaba que “la monarquía absolutista constituía la mejor forma de gobierno…el Rey era puesto en el trono por Dios, y sus leyes no necesitaban aceptación del pueblo.” Lo propio aparece en una tesis de José Conde.
Todo esto quedaría en el aire si no cuestionamos a las actuales universidades. ¿Educan para movernos hacia la libertad? ¿Tenemos gobernantes porque así Dios lo ha querido? o son fortalezas de la manipulación que busca el lucro y no hace cuestionamientos científicos. ¿Será que los nuevos médicos se mueven entre el milagro y la ignorancia?
