Por la boca muere el pez

Las ideologías sobreviven de sus postulados y de la conducta de quienes las representan. Ningún discurso resiste al tiempo cuando la vida de sus referentes contradice lo que proclaman.
El expresidente del Gobierno español José Luis Rodríguez Zapatero, atraviesa uno de los momentos más delicados de su trayectoria pública. Diversas investigaciones judiciales lo relacionan con el denominado caso Plus Ultra, vinculado al rescate de una aerolínea venezolana. En la misma causa aparecen personas de su entorno familiar y empresarial. La justicia decidirá si hay responsabilidades penales.
Independientemente del resultado judicial, existen circunstancias que han impactado la credibilidad del exmandatario. Durante una diligencia se encontró un importante lote de joyas cuyo valor, según un informe pericial difundido por medios españoles, superaría el millón de euros. Si finalmente se acredita un origen lícito, serían restituidos a su propietario. Lo que difícilmente podrá recuperar es la confianza de la opinión pública.
Hace algunos años, Zapatero, en un congreso del partido al que pertenece, afirmó que «ser socialista es tener muy poco y estar dispuesto a dar mucho». La frase pretendía resumir su manera de concebir la política. Hoy, esas palabras regresan inevitablemente al debate. No porque quien profesa ideas socialistas deba vivir en la pobreza, sino porque quien convierte la austeridad en una bandera política, termina siendo examinado con mayor crueldad cuando aparecen hechos que generan dudas.
Esto sucede con todas las ideologías. Cuando algunos de los líderes de la izquierda viven como las élites económicas a las que dicen oponerse, pierden autoridad. Cuando la derecha tolera privilegios o prácticas que no concuerdan con el discurso de respetar la ley, su credibilidad también se ve afectada. El problema no es proclamarse derechista o izquierdista, sino la falta de coherencia con lo que se predica.
La política puede sobrevivir a una derrota electoral; puede sobreponerse a una investigación judicial si la inocencia queda demostrada. Lo que casi nunca logra recuperar es la autoridad moral cuando el discurso y la conducta dejan de caminar juntos.
Ni la izquierda ni la derecha están inmunes a la incoherencia. Cuando una persona se convierte en ídolo, los hechos dejan de importar y todo termina justificándose. Esa es una de las peores formas de hacer política. Las ideas merecen debate y los líderes, escrutinio. Porque, al final, por la boca muere el pez. (O
