Poner límites también es cuidarse

Hablar de límites con los padres no es sencillo, pero es necesario, cuando sus palabras o actitudes hieren. No todos los padres saben acompañar emocionalmente, validar lo que sentimos o medir el impacto de lo que dicen. Y aunque cueste aceptarlo, eso deja marcas.
Cuando crecer implicó escuchar críticas constantes, burlas, minimización del dolor o mensajes que desvalorizan, es normal que en la adultez aparezcan culpa, inseguridad o dificultad para poner límites. Muchas personas aprenden a callar para evitar conflicto, aun cuando eso les duele.
Poner límites no es faltar al respeto. Es protegerse. Es reconocer que hay comentarios, tonos o formas que no se deben tolerar, sin importar de quién vengan. El hecho de que sean padres no hace que todo sea válido.
En estos contextos, poner límites no busca cambiar a los padres ni generar confrontaciones constantes. Su función principal es cuidar la propia salud emocional. Un límite es una manera de decir: esto me duele, esto no lo acepto, esto no me hace bien, hasta aquí puedo, así no me hables, si continúas, me retiro de la conversación. Es una forma de autocuidado, no de rechazo.
Muchas personas justifican comentarios hirientes pensando que “no lo dicen en serio”, que “es su forma de hablar” o que “así les enseñaron”. Y aunque estas explicaciones puedan ayudar a entender el origen, no eliminan el efecto que esas palabras tienen en quien las recibe. Comprender no significa tolerar aquello que lastima.
Desde una mirada psicológica, los límites ayudan a romper patrones. Permiten dejar de normalizar el dolor, aprender a diferenciar el amor del daño y construir una identidad más firme, donde el valor personal no depende de la aprobación o las palabras de los padres.
Poner límites puede tomar muchas formas: elegir no participar en conversaciones que siempre terminan hiriendo, expresar con calma qué comentarios no se aceptan, o tomar cierta distancia emocional cuando no hay apertura al cambio. No siempre los padres comprenderán estos límites, y eso también puede doler. Aun así, el límite sigue siendo válido.
Cuidarse no es dejar de amar. A veces, amar implica protegerse de aquello que hiere, incluso cuando viene de quienes esperábamos cuidado. Cuidarse no es abandonar a la familia. A veces, es la única forma de no abandonarse a uno mismo. Y eso también es una forma legítima de amor. (O)
