Nuestro Rey Hechizado Carlos II / Pedro Reino

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Nuestro Rey Hechizado Carlos II / Pedro Reino

Vaya historias de nuestros gobernantes coloniales, de los cuales, casi nada nos han contado. El lector puede añadir los parecidos que encuentre con los más actuales: “Carlos II, concebido, casi milagrosamente de zurrapas seminales, en el último coito de su decrépito padre, es el producto final de docenas de cruzamientos consanguíneos a lo largo de unos cuantos siglos. Era hijo de tío y sobrina unidos en doble vínculo, y cinco de sus ocho bisabuelos eran descendientes directos de Juana La Loca. En su persona concurrían las deficiencias nefríticas del padre, la hipocondría del abuelo, la gota del bisabuelo y la epilepsia del tatarabuelo. Además, era esquizofrénico paranoide.

Nació cubierto de costras y tan raquítico que decidieron no mostrarlo a la corte, como exigía el protocolo. En sus primeros meses lo criaron entre algodones, la incubadora de entonces; tardó dos años en echar los dientes; solo se destetó de sus catorce nodrizas  cuando cumplió los cuatro; comenzó a caminar a los seis, y aprendió a leer y escribir a duras penas,  ya adolescente.

Era canijo, ojos saltones, carnes lechosas, con una nariz enorme que le caía sobre el labio flojo de una mandíbula fieramente prognática.  No hay más que ver los retratos que le hizo Claudio Coello, aunque procuró favorecerlo dentro de lo posible. Villars lo despachó en una frase: “Asusta de feo”. El embajador francés gastó más prosa: “(Es) de aspecto enfermizo, frente estrecha, mirada incierta, labio caído, cuerpo desmedrado y torpe de gestos”. El nuncio vaticano, aunque obligado por su condición sacerdotal a ejercer la caridad cristiana, no es menos riguroso: “El rey es más bien bajo que alto, no mal formado, feo de rostro; tiene el cuello largo, la cara larga y como encorvada hacia arriba; el labio inferior típico de los Austrias; los ojos no muy grandes, de color azul turquesa y cutis fino y delicado. El cabello es rubio y largo, y lo lleva peinado para atrás, de modo que las orejas quedan al descubierto. No puede enderezar su cuerpo sino cuando camina, a menos de arrimarse a una pared, una mesa u otra cosa. Su cuerpo es tan débil como su mente. De vez en cuando da señales de inteligencia, de memoria y de cierta vivacidad, pero no ahora; por lo común tiene un aspecto lento e indiferente, torpe e indolente, pareciendo estupefacto. Se puede hacer con él lo que se desee, pues carece de voluntad propia”.

Suficiente para que nos hagamos una idea, ¿no?

El pobre monarca se pasó la vida entre médicos pomposos e ignorantes, santas reliquias, exorcismos y sahumerios. Su confesor y dos frailes dormían en su alcoba para preservarlo del diablo. 

Cuando Carlos cumplió los 14 años lo casaron con María Luisa de Orleans, sobrina del rey de Francia, una morenaza de grandes ojos negros y el vello del pubis reducido y espeso (precisión que obtenemos de un informe médico) de sus retratos y descripciones se deduce que estaba buena (“de famoso arte y cuerpo, alta proporcionadamente, airosa y bien entallada”). Y procedía de casta paridora. ¿Qué más se puede pedir?. Hubo que solicitar dispensa al papa porque, como de costumbre, los contrayentes eran parientes (ella, bisnieta de Felipe II).

Pasaron los meses y la reina no quedaba preñada. En una operación de alta política y espionaje internacional, el embajador francés logró hacerse con unos calzoncillos del monarca y los sometió a examen de dos cualificados médicos. Después de analizar las manchas seminales de la prenda, los galenos emitieron dictámenes opuestos. Uno dijo que el rey podía preñar; el otro, que no. Acertó este último, porque Carlos II, aunque se casó dos veces, no engendró descendencia. Y eso que está probado que, esforzándose mucho, conseguía una erección morcillona suficiente para penetrar a la reina; con fatigas, eso sí, porque, además, era eyaculador precoz. Seguramente, el semen que producía su único testículo era estéril.

Toda Europa, y especialmente España estaban pendientes de la gran incógnita: ¿quedará preñada la reina?. Por Madrid circulaban coplillas sediciosas: ya se sabe cómo es la gente:

Parid, bella flor de lis,/ Que en ocasión tan extraña / Si parís, parís a España:/ Si no parís, a París/

No parió -¿Qué culpa tenía ella?- Pero tampoco hubo que devolverla a Francia….” (Eslava Galán, Juan, Historia de España contada para escépticos, Barcelona – España, quinta edición, 2017, p. 297,298) (O)

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