Muerte, Maldad, Vida y Amor / P. Hugo Cisneros

Columnistas, Opinión

Hoy domingo la Liturgia Católica nos recuerda en palabras de Cristo que todo cristiano tiene que amar a Dios y amar al prójimo. La vida cristiana se reduce al Amor en esa doble dimensión que Cristo nos recuerda: amar a Dios sobre todo y al prójimo como a nosotros mismos. Comparto algo de la vida de Maximiliano Kolbe mártir de la guerra mundial 

Los prisioneros del bloque 14 permanecían formados en posición de firmes. El cielo, en aquella hora de la tarde, era rojo con nubes muy negras. Llega la hora de la cena, los encargados traen algunos platos con sopa. Pero los guardianes tiraron al suelo la sopa. No pudieron probar bocado. Mientras tanto, permanecían firmes sin des­canso. Finalmente les permiten entrar en su barracón. 

A la mañana siguiente tampoco apareció el fugitivo. El jefe de campo dijo: «El fugitivo no ha sido encontrado diez de vosotros pagaréis con la vida». Pasó por delante de los prisioneros y fue seña­lando a los que debían morir: este…este…otro…aquel… El décimo fue el sargento polaco Francisco Gaiowniczek. Éste llorando dijo en voz baja: «…mi mujer…mis hijos…». 

En aquel momento un hombre sale de entre la fila de los pri­sioneros. El jefe del campo pregunta: «¿ Qué quiere ese cerdo polaco? ¿Quién es?» «Soy un sacerdote católico», respondió en perfecto alemán padre Kolbe. «Quiero cambiarme por aquel prisionero», señalando al sargento. El jefe alemán dijo, mirándole cínicamente: ¡Adelante!,  y  tú puedes retirarte.

Los diez prisioneros fueron condenados a morir de hambre. Conducidos a una sala subterránea.Allí poco a poco fueron murien­do. Los guardianes estaban extrañados, pues mientras otras veces los condenados, desesperados por el dolorquecausa el hambre gritaban, ahora hacían cosas sorprendentes: «reunidos alrededor del padre Kolbe cantaban cantos polacos a laVirgen. Cantaban hasta contagiar a los prsioneros de otras celdas». 

Después de dos semanas sólo quedaba él con tres prisioneros más. Era necesario utilizar la celda para otros condenados. El jefe de campo dio órdenes de acabar con él. Era el 14 de agosto, vigilia de la fiesta de la Asunción de la Virgen. A las doce entró un enfermero alemán, llamado Bock. El padre Kolbe apoyado sobre un muro, oraba. Extendió el brazo y el enfermero le inyectó ácido fénico. Lo mismo hizo con otros tres. Todos los cadáveres fueron llevados al horno crematorio. Las cenizas del padre Kolbe mezcladas con las de millones de víctimas, quedaron esparcidas por los campos de Auschwitz. Ahora, cada primavera, este campo se cubre de flores blancas y rojas.

Cuando era pequeño tuvo un sueño en el cual la Virgen María le ofrecía dos coronas, si era fiel a la devoción mariana. Una corona blanca y otra roja. La blanca era la virtud de la pureza. Y la roja, el martirio. Tuvo la dicha de recibir ambas coronas.

Un domingo en un sermón oyó decir al predicador que los Padres Franciscanos iban a abrir un seminario. Le agradó la noticia y con su hermano se dirigió hacia allá. En 1910 fue aceptado como Franciscano, y en 1915 obtuvo en la Universidad de Roma el doctorado en filosofía y en 1919 el doctorado en teología. En 1918 fue ordenado sacerdote.

Maximiliano gastó su vida en tratar de hacer amar y venerar a la Sma. Virgen. En 1927 fundó en Polonia la Ciudad de la Inmaculada, una gran organización, que tuvo mucho éxito y una admirable expansión. Luego funda en Japón otra institución semejante, con éxito admirable.

Cuando el Santo Padre Pablo VI lo declaró beato, a esa gran fiesta asistió, el hombre por el cual él había ofrecido el sacrificio de su propia vida. Juan Pablo II, su paisano, lo declaró santo ante una multitud inmensa de polacos.

En este gran santo sí se cumple lo que dijo Jesús: «Si el grano de trigo cae en tierra y muere, produce mucho fruto. Nadie tiene mayor amor que el que ofrece la vida por sus amigos».

Quiera Dios que también nosotros seamos capaces de sacrificarnos como Cristo y Maximiliano, por el bien de los demás.(O)

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