Mucho aura, ¿poco sentido?

Los últimos días, parques, plazas y espacios públicos se han llenado de adolescentes, jóvenes y uno que otro adulto dispuestos a “farmear aura”. La expresión mezcla dos mundos: farmear, tomado de los videojuegos, significa acumular puntos o recursos mediante acciones repetidas; aura alude al carisma, estilo o seguridad que alguien proyecta. Lo que comenzó como una broma en redes sociales terminó convertido en encuentros presenciales, batallas improvisadas y concursos transmitidos en plataformas digitales. En Ambato también ocurrió el 21 de agosto.
Hay un hecho que no debería despreciarse: en un tiempo caracterizado por el aislamiento, las pantallas y el individualismo, los jóvenes han logrado algo que muchas organizaciones no consiguen: convocar, congregar, involucrar y transformar un espacio público en una plataforma de interacción. Eso, por sí mismo, merece atención.
Ahora bien, una cosa es reconocer la capacidad de convocatoria y otra muy distinta renunciar al sentido crítico. Algunas de estas llamadas “batallas de aura” se caracterizan por gestos extravagantes, comportamientos extraños, poses raras y actuaciones en las que, a veces, parece que hacer el ridículo da puntos extras. El público acaba determinando quién “gana” ante la ausencia de reglas definidas. En gustos no hay acuerdos: lo que para algunos parece divertido y creativo, para otros puede resultar simplemente ridículo.
Pero sería demasiado sencillo decir solamente que se trata de una práctica absurda. La cuestión relevante es otra: ¿por qué una costumbre trivial logra movilizar a tantas personas y volverse tendencia en pocos días? Quizá porque vivimos en una sociedad donde la visibilidad tiene más valor que el contenido, captar la atención se ha vuelto un medio de reconocimiento y las redes sociales tienen el poder de convertir lo insignificante en importante. También puede ser una manera de divertirse, pertenecer a un grupo, ocupar espacios y construir identidad. Probablemente sea un poco de todo.
Las modas juveniles siempre han existido. Lo nuevo es la velocidad con la que nacen, se viralizan y desaparecen. Ayer fueron los therians, jóvenes imitando comportamientos y estéticas animales; hoy es “farmear aura”; mañana será… quién sabe. Las redes se encargarán de notificarnos. Como sociedad, el desafío no consiste en indignarnos ante cada extravagancia, sino en preguntarnos qué estamos construyendo si permitimos que la viralidad, la exposición y los aplausos terminen valiendo más que el criterio y el sentido. (O)
