Mediocridad en la política

Columnistas, Opinión

La normalización de la mediocridad académica y ética en el discurso político constituye un agravio al mérito y al esfuerzo ciudadano. Así lo señala la abogada Helen Nazareno ante las palabras expresadas por la exprefecta de Esmeraldas: <<fui copiona, pero qué prefecta que soy>>. Estas declaraciones representan un claro menosprecio a la educación y un insulto directo al esfuerzo de miles de estudiantes y profesionales que luchan todos los días por romper estigmas. La desvalorización de la educación desde el debate político no representa empatía popular sino la degradación ética de la persona, algo evidenciado también en el año 2021, cuando una exlegisladora del oriente ecuatoriano instó públicamente a sus partidarios a delinquir sin dejarse descubrir, exponiendo una patología recurrente dentro de la clase política: <<Si roban, roben bien, justifiquen bien, pero no se dejen ver las cosas, compañeros>>. Una triste estampa.

Desde la perspectiva ciudadana, la mediocridad política es vista como el ejercicio de cargos públicos por parte de individuos con escasa preparación, limitada capacidad de gestión y carencia de marcos éticos. Al respecto, la catedrática uruguaya Sheina Leoni advierte en Edumed.net que la mediocridad actúa como una pandemia contemporánea que ha cooptado las instituciones, las leyes y las costumbres, un escenario de regresión institucional difícil de prever por los teóricos de la democracia.

En el contexto nacional, este fenómeno se agudiza cuando discursos basados en una supuesta meritocracia derivan en prácticas de administración pública caracterizadas por la prepotencia, la demagogia y el desmantelamiento de los protocolos institucionales. El político mediocre prioriza el impacto mediático, la improvisación y la manipulación de la opinión pública mediante promesas populistas y discursos emocionales, postergando la formulación de soluciones estructurales en favor del dogmatismo partidista.

El analista Patricio Moncayo (Revista Pal V, hacemos periodismo) sostiene que esta mediocridad está intrínsecamente ligada al clientelismo y a la partidocracia, donde la lealtad ciega se antepone a la competencia profesional. El reparto de puestos públicos como mecanismo de pago de favores erosiona el valor de las leyes, fragmenta la confianza ciudadana en el sistema democrático y paraliza el desarrollo estatal.

Gobernar no es sólo arte. Implica el uso eficiente de métodos de gestión, ignoradas en su formación como profesional porque se imparten saberes sectorizados. La educación superior forma profesionales sin una visión sistémica. Así, un médico no siempre puede ser un buen ministro de Salud, ni un educador, un buen ministro de Educación; o un economista, un buen ministro de Economía. Tanto en la salud como en la educación y la economía deben lidiar con problemas del más diverso orden que escapan y exceden sus conocimientos parciales.

Finalmente, esta problemática no responde a una carencia de capacidades intelectuales, sino a la institucionalización del empirismo. Como advirtió en 1998 el economista y exministro chileno Carlos Matus, la política latinoamericana está capturada por una mediocridad que mina su legitimidad. Los gobernantes suelen confundir el éxito electoral con la capacidad de gobernar, diseñando campañas basadas en ofertas demagógicas que luego no saben ejecutar. Esta incompetencia fomenta la corrupción debido a un diseño administrativo de baja responsabilidad; donde la dispersión de culpas entre mandos técnicos y políticos garantiza la impunidad ante el error gubernamental. (O)

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