¡La tragedia de Ambato! / Mirian Delgado Palma

Columnistas, Opinión



Ambato una de las ciudades emblemáticas del Ecuador, un 5 de agosto de 1949 fue desbastada por un sismo de magnitud de 6.8 grados, que sacudió la Provincia de Tungurahua, dejando como saldo “más de 6 000 muertos; alrededor de 100 000 personas sin hogar y un área afectada de 1 920 km2. Las ciudades con mayor destrucción fueron Pelileo 100%, Píllaro 90%, Guano 80% y Ambato 75%” (José Egred ).

Ambato sufrió el más severo daño, el terremoto provocó deslizamientos de tierra, grandes grietas en el terreno y derrumbes, así como voluminosos deslizamientos en montes y caminos de toda la región.  Los efectos del terremoto se extendieron hasta las provincias de Cotopaxi, parte de Bolívar, Pichincha y Pastaza. El sismo fue sentido en todo el país.

El panorama fue muy doloroso, la madre naturaleza se vistió de luto, el cielo fue cubierto por un manto negro que retiró la claridad del día. El sol se eclipsó; y, la sangre de los hijos de Ambato cubrió de púrpura viviendas y calles. La tragedia desgarró el corazón de los ecuatorianos por la magnitud del desastre.

Todo desapareció, arrasado por la furia implacable de la naturaleza que dejó durante su actividad sísmica viviendas, puentes, hospitales, escuelas, edificios en escombros; destrucción de huertos, tierra árida, árboles extirpados de raíz, etc.

Sus habitantes vivieron días y meses de dolor, desesperación, hambre y soledad, la voz del silencio confundido en el caos, los corazones paralizados, los sentimientos sumidos en el abismo del sufrimiento y la desilusión. Esta larga agonía golpeó el alma de los ambateños que lograron continuar con sus vidas. constituyéndose un gran desafió los golpes agresivos de la naturaleza para la reconstrucción de toda la Provincia.

El optimismo acompañado del esfuerzo y trabajo fueron las principales herramientas para el nuevo florecimiento de esta bendecida tierra que guarda en su corazón a magnos talentos, extensos jardines y huertos con policromía de colores, que constituyen el tesoro de nuestra provincia.

Esta ciudad de hermosura natural, gracias a la nobleza, talento y trabajo de sus hijos se ha convertido en el templo de la fe, la ciudad del progreso, la ciudad del patriotismo más arraigado y profundo, la ciudad de hombres valientes y visionarios que hicieron resurgir a su ciudad de las ruinas ocasionadas por el desbastador terremoto.

La tragedia de Ambato quedó grabada en los anales de la historia y en los corazones de su gente; pero se constituyó en la gran estrella que guío a sus hijos y pronto se levantó airosa y esplendida, a través del esfuerzo, constancia y mirada de sus hombres que apostaron sus voluntades hacia la restauración y el porvenir.

Precisamente esta es la razón para que Ambato se encuentre en estos días celebrando la “Fiesta de la Fruta y de las Flores’’, como el reflejo de un espejo para el mundo, que Ambato cuenta con verdaderos guerreros que llevan en su sangre y corazón la rebeldía de sus ancestros para luchar con ahínco y tesón por el bienestar de sus hijos, su ciudad, su provincia y su Patria.

¡Que viva Ambato! (O)

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