La redundancia de la muerte

Columnistas, Opinión

Se sabe que la muerte es una estúpida redundancia que practican los perversos. La muerte es la musa predilecta de los sicarios, quienes enarbolan las trompetas de su guadaña para sus conciertos de sangre. La muerte es una Virgen paradógicamente sarcástica, que se renueva con los creyentes en las religiones que aman a las mujeres de sangres intactas. Todo asesinato es un desfloramiento violatorio del que disfruta el asesinante en una víctima.

Estos asesinantes se los encuentra en los adoradores de los mendrugos que recogen los desamparados de la conciencia humana, de manos de los soberbios enmascarados   desfloradores de las venganzas de encargo, de sus manipuladores que no saldrán del primitivismo reiterativo vigente desde la creación del mundo.

Estoy oyendo voces que se agolpan en la historia en las puertas del Palacio de Carondelet. Por aquí, cuando aparece una calavera sonriente por las noches, dicen que sale vestida de gala anunciada con pregones y respaldada por plegarias. Por ahí rondan macheteros y acuchilladores, fusileros y pistoleros con y sin máscara. Puertas adentro hay palabras quebradas, falacias desenmascaradas que son repulsivas a la respiración de los ingobernableadores. Muchos dicen que:  decreto firmado, significa la muerte de leyes que nunca se cumplen. 

Entre la turbamulta, uno de ellos se me impone con sus ocho nombres y cuatro apellidos: Manuel María José Joaquín Benito Pascual Clemente Fermín Ruiz Urriés de Castilla y Pujadas. Había llegado a Quito en 1808 después de participar en la insurrección de Túpac Amaru en 1779 en el Perú donde los caballos del apocalipsis no pudieron descuartizar las encarnaciones de rebeldía que tenía en sus brazos el indio Condorcanqui.  

En Quito, a este rimbombante perverso, le dieron un palacete para que presidiera las masacres a los rebeldes quiteños que esperaron morir durante un año: 1809 a 1810. Estando en esa “muy noble y muy leal ciudad” el desangrante prefirió que sus lecciones fuesen vistas por la historia como berrinches de la plebe alborotada con rostros de piedra. Sin embargo, sus consejeros como El fiscal Tomás de Arechaga pidió a uno de los nombres de este gobernante, la pena de muerte para 72 víctimas seleccionadas. ¿A más de los 300 muertos en las calles encalaveradas del 2 de agosto? Así y aquí la muerte se iba convirtiendo en un rosario de rezos a la virginidad de las traiciones, desde la siempre madre iglesia que daba de comulgar hostias de venganza.

Y así me cuentan que iba impregnándose la parca con sus innumerables revirginizaciones, en los pasillos y en las pilastras de la casa que es sede del gobierno. El espíritu de esa ley del populacho también saltó desde las calles: “el que a cuchillo mata a cuchillo muere”. Pero el ojo de Dios les tiene advertidos de su ley del “ojo por ojo” a los soberbios. De todos modos, el multinombrado murió como Conde, arrastrado por las calles de Quito, por las que le que pisotearon todos sus nombres. Iba muriendo cariñosamente aclamado y arrastrado por cholerío y el populacho que nunca aprende a respetar las aristocracias y las noblezas, y se desarmoniza con sus leyes. Primero le apalearon sacándolo del convento donde se había refugiado con sus 78 años. Le dieron de innumerables pedradas en cada nombre y apellido hasta que se dio cuenta que la venganza es más grave con ignorancia.  Cuentan que nadie quiso curarle las heridas de su cuerpo, porque la gente tenía más heridas en el alma después de lo que hizo el 2 de agosto de 1810. Un diablo que en esos tiempos era el que quitaba los pecados de los nobles lo cargó quien sabe a dónde un 18 de junio de 1812.

¿Qué es la venganza? ¿acaso no es patrimonio de los primitivos? Pero la muerte también es primitiva. Nadie quiere entender a Marco Aurelio “que la mejor venganza es no ser como el que te ofende”. Pero la muerte en sí tiene sus venganzas y mide al hombre en un pedestal de la moral hecho a la medida de sus insatisfacciones. Y ahora que puedo escoger entre la venganza pública y la privada, estoy pensando en dos tipos de máscaras. (O)

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