La metamorfosis de Trump

En enero de 2017, Donald Trump irrumpió en la Casa Blanca de manera impredecible: un empresario convertido en político que desafiaba las normas establecidas. Su primer mandato fue un espectáculo de controversias: tuits incendiarios a medianoche, despidos abruptos de funcionarios clave y una retórica que polarizaba a la nación. Recuerdo cómo el mundo observaba con incredulidad sus batallas contra los medios y las amenazas de implementar sus draconianas políticas migratorias -como el muro de México-. Trump era el outsider, el disruptor que prometía «drenar el pantano» pero que, en muchos aspectos, lo agitaba aún más. Su administración logró reformas fiscales históricas y avances en acuerdos comerciales, pero el costo fue una división social profunda y una pandemia mal gestionada que dejó millones de víctimas.
Ahora, en 2026, un año después de su regreso triunfal a la presidencia, Trump parece un líder transformado. No es que haya perdido su esencia combativa, pero su enfoque ha evolucionado hacia una consolidación de poder más estratégica. En su segundo período, rodeado de aliados leales como JD Vance en la vicepresidencia y un Congreso más alineado, Trump ha priorizado la eficiencia sobre el drama. Las deportaciones masivas continúan, pero con un énfasis en la tecnología de vigilancia fronteriza, evitando los escándalos humanitarios del pasado. Su política exterior, antes impulsiva, ahora muestra un pragmatismo calculado: negociaciones directas con líderes autoritarios como Putin y Xi, priorizando intereses económicos sobre ideales democráticos. La economía, impulsada por recortes regulatorios y tarifas proteccionistas, ha visto un repunte en la manufactura estadounidense, aunque a expensas de tensiones globales.
Esta metamorfosis no es casual. Trump aprendió de sus errores: el primer mandato fue una lección en resiliencia política. Sobrevivió impeachments, investigaciones y una derrota electoral que negó, solo para resurgir en 2024 con una base más fanática y un mensaje refinado contra el «establishment woke». Sin embargo, persisten sombras: la erosión de instituciones independientes y una retórica que fomenta divisiones culturales.
¿Es este Trump 2.0 una versión madura o simplemente más astuta? Para mí, representa la adaptación de un populista en un mundo post-pandemia. Su transformación subraya cómo el poder moldea al hombre, no al revés. En Ecuador, donde observo desde lejos, esto resuena con nuestros propios líderes volátiles: la lección es que el caos inicial puede dar paso a una hegemonía duradera, para bien o para mal. Trump ya no es el novato, sino que se ha convertido en el arquitecto de un nuevo orden americano. (O)
alvaro.sanchez2000@hotmail.com
