La ley del deseo /Kléver Silva Zaldumbide

Columnistas, Opinión


A la mayoría de nosotros, por lo general, nos cuesta sentir felicidad y es quizás porque creemos que la felicidad es estar alegre, riéndose, contento y conforme con todo, pero más bien parece ser que la ésta, tiene que ver con la capacidad de sentir serenidad, percibir que estamos en el camino que queríamos estar y que lo elegimos sin importar tanto si nos va tan bien en el sentido material. Pero en la escala de niveles económicos, en la cadena de la voraz insatisfacción humanan nos preguntamos: ¿qué es estar bien? si un famoso futbolista que tiene el yate solo para el fin de semana, de 25 millones de dólares, quizás se sienta miserable ante el dueño de una megaempresa de telefonía móvil que tiene un yate de 65 millones de dólares atracado en el puerto de Mónaco.

Felicidad, para algunos, es ese sentido de competencia perniciosa que les hace aflorar lo peor del ser humano, enseñándoles a odiarse tanto a sí mismos por permitir que su actividad venga determinada por su competidor mas no por sus propias necesidades y limitaciones, cuanto a odiar a los demás, porque lo que buscan es triunfar a costa de éstos.

Parece que esperamos tanto la felicidad que la hemos hecho imposible sin percatarnos que la felicidad no es un derecho sino una obligación, es algo que tiene que ver de la piel para adentro nuestro y no de la piel para afuera, lamentablemente creemos que tiene mucho que ver lo que pasa afuera y lo que verdaderamente es importante es cómo vemos nosotros lo que pasa afuera. La madre Teresa de Calcuta vivía en medio de la pobreza de aquellos niños que ella los llamaba “los siguientes” es decir que son los pobres que están después de los pobres y ni siquiera están conscientes de lo pobres que son, pero donde ella vivía y trabajaba se llamaba “la ciudad de la alegría” uno de los pueblos más pobres del mundo donde faltaba, por faltar, faltaba todo, menos alegría.

Los 3 enemigos de la felicidad: el miedo, la vergüenza y la culpa, no nos dejan ser como realmente somos. Hay a quienes, estos 3 enemigos, les hacen sentir miseria, pereza, conformismo y se nutren de intencionales ignorancias embebidas de remordimiento por tanta desigualdad, y así, apoderados del miedo aturden las calles, generando violencia haciéndole sudar miedo y desconcierto a todo transeúnte que se le cruce. Hoy, en buena parte de nuestro continente, gracias a un puñado de avivatos engañadores de masas, el miedo está por donde se respire.

Como dice Eduardo Galeano, todo es miedo, porque si amamos tendremos sida, si respiramos tendremos contaminación, si comemos tendremos colesterol, si hablamos tendremos desempleo, si caminamos tendremos violencia y asaltos, si pensamos tendremos angustias, si dudamos tendremos locura, si sentimos tendremos soledad.

El cielo parece estar cada vez más lejos de nuestro perdón, al parecer el sueño del poder y del dinero no ha sido la solución, pues nada sacamos divididos y seducidos por el embustero maleficio del individualismo, enredados en la “ley del deseo” es decir que queremos algo con mucha fuerza, nos volvemos locos por conseguirlo y cuando lo tenemos se nos quitan las ganas. Gracias a la codicia vivimos asfixiados y con una “modesta” apariencia perfumada de ego. John Lennon comentaba: “Estamos muy preocupados por saber si hay felicidad incluso después de la muerte, mientras se nos va la vida sin aprovecharla. La felicidad es lo que pasa mientras estamos en otras cosas”.  Anthony de Mello decía que los que no saben qué hacer con esta vida son precisamente los que más desean otra vida que dure eternamente, creyendo que la felicidad es estar conforme con todo, estar alegre, contento y pasarla bien. (O)

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