La imaginación y la mente humana / Ing. Patricio Chambers M.  

Columnistas, Opinión

Cuando tratamos de explicar el fenómeno humano muchas veces lo hacemos considerando únicamente la capacidad de razonar que todo individuo posee y olvidamos otros aspectos tan o más importantes como por ejemplo el poder de la imaginación. Así, si queremos entendernos como seres dotados de inteligencia y creatividad es necesario integrar el ámbito racional de conceptos con la capacidad imaginativa y simbólica que nos ha acompañado desde nuestros mismos orígenes.

Tal como lo explica la nueva antropología, la evolución humana no sería algo lineal sino más bien cíclico como todo proceso natural. Tampoco sus diferentes etapas guardan una relación simple y directa entre sí, por ende deberíamos hablar de una realidad compleja que actúa a nivel de redes que vinculan los diversos factores que conforman la condición humana como podrían ser lo genético, social, cultural, religioso, ecológico, fisiológico etc.

Para entenderlo mejor más aún en un mundo fuertemente racionalista y materialista como el actual, hace falta destacar el valor de la imaginación, por lo que ante todo conviene distinguir entre imaginar y fantasear. La primera tiene una capacidad creadora orientada hacia lo concreto como cuando el artista imagina su obra antes de hacerla; en tanto que la fantasía se pierde en el plano de la ilusión y difícilmente llega a concretarse, como cuando nos ilusionamos con algo que jamás se cumplirá.

Por otra parte, así como la razón trabaja con conceptos y definiciones, la imaginación lo hace con símbolos, los cuales nos hablan de realidades superiores a la condición humana y que sentimos la necesidad de representarlas mediante figuras u objetos que poseen características incluso sagradas a las que además buscamos vincularnos.

Es decir que el puente entre el mundo material y el mundo de lo sagrado, sería precisamente la imaginación. Lo sagrado correspondería a lo eterno e inmutable, en tanto que lo profano a lo temporal y cambiante.

Planteadas así las cosas, resulta que lo imaginario no sería como hoy se piensa, una abstracción mental del cerebro humano sino una realidad distinta que abarca y supera nuestra condición, lo cual nos llevaría a concluir que la humanidad debió primeramente desarrollar su naturaleza simbólica para luego preocuparse de la fabricación de objetos útiles para su subsistencia material.

De hecho, nuevos descubrimientos e interpretaciones demuestran que los primitivos nómadas desarrollaron sus ritos y cultos simbolizados en dibujados en cavernas o rudimentarios templos, en tiempos muy previos a su etapa sedentaria. Esto significaría que temas como la religiosidad de un pueblo no provendría de una necesidad social sino de un elemento preexistente y natural a cada ser humano. (O)

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