La educación después de ChatGPT

Imaginemos a dos estudiantes frente a la misma tarea. Los dos abren ChatGPT. El primero escribe: «Hazme esta tarea». El segundo pregunta: «Explícame este tema, cuestiona mi argumento y dime qué estoy entendiendo mal». Los dos usaron inteligencia artificial. Pero no creo que los dos hayan aprendido lo mismo.
Ahí está, para mí, una de las discusiones que todavía estamos evitando.
Un estudio de UNESCO IESALC encontró que el 87 % de las instituciones de educación superior analizadas en América Latina y el Caribe ya utiliza inteligencia artificial en alguna de sus actividades, pero solo el 26 % cuenta con una estrategia formal para hacerlo. La tecnología llegó antes que las reglas. Y probablemente también antes que muchas de las conversaciones que debíamos tener.
Porque ya no tiene mucho sentido preguntarnos si los estudiantes van a utilizar estas herramientas. Ya lo están haciendo. La pregunta debería ser otra: ¿qué están aprendiendo mientras las usan?
Durante años hablamos de la brecha digital como la distancia entre quien tenía una computadora, conexión a internet y acceso a información, y quien no. Esa desigualdad sigue existiendo. Pero ahora me parece que empieza a aparecer otra, quizá menos evidente: la diferencia entre quien utiliza la IA como un atajo y quien aprende a utilizarla como una herramienta para educarse mejor.
Y no creo que sea tan sencillo como dividir a los estudiantes entre «los que hacen trampa» y «los que la usan bien». Todos hemos buscado alguna vez el camino más corto. El problema aparece cuando el atajo termina reemplazando el aprendizaje.
Si una IA puede escribir un ensayo, resolver un ejercicio o resumir un libro en segundos, copiar esa respuesta es fácil. Mucho más difícil es pedirle que cuestione lo que pensamos, comprobar si está equivocada o explicar con nuestras propias palabras por qué una respuesta tiene sentido. Ahí es donde la educación todavía tiene un trabajo enorme.
Prohibir estas herramientas me parece poco realista. Pero dejarlas entrar al aula sin enseñar sus límites tampoco parece una solución. Habrá momentos en que la IA pueda ser una excelente tutora y otros en los que el estudiante tendrá que demostrar que puede razonar sin ella. Las dos cosas pueden convivir.
No sé si dentro de unos años hablaremos de «alfabetización en inteligencia artificial» con la misma naturalidad con la que hoy hablamos de alfabetización digital. Lo que sí creo es que aprender a usar estas herramientas no debería significar hacernos dependientes de ellas.
Tal vez la tarea más importante de la educación no sea enseñar a obtener mejores respuestas de una máquina. Quizá sea enseñar a desconfiar de ellas lo suficiente como para seguir pensando por nosotros mismos. (O)
