La Declaración Universal de Derechos Humanos y la responsabilidad

Columnistas, Opinión

El sentido de responsabilidad, igual  que la responsabilidad en sí misma,  es una característica exclusiva del hombre y lo dignifica por encima del resto de la creación.

Con esto no quiero negar  la existencia de animales que dan muestras de ser en algunas ocasiones incluso mucho más responsables que algunos humanos;  pero a nadie se le ocurriría  atribuir a un perro la culpa de un robo efectuado  en los lugares custodiados por él.

La responsabilidad depende siempre de la  sindéresis o capacidad de discernir del individuo. Los niños y los dementes  y disminuidos  psíquicos  no son responsables de sus actos, porque no pueden distinguir si son correctos o erróneos. Por tanto,  podríamos llegar a la conclusión de que el nivel de madurez  e incluso de bienestar  de una sociedad  depende en gran medida  del nivel de responsabilidad  de sus componentes, mientras que,  por el contrario,  en una sociedad irresponsable encontraremos siempre  más conflictos y miseria.

Para que una persona pueda considerarse responsable ha de ser,  ante todo,  capaz de conocer sus actos para valorarlos de forma adecuada.  Tenemos un ejemplo magistral  de este requisito en la mitología judeo-cristiana, concretamente en el pasaje de la Biblia en que Jehová dijo a Adán  y Eva que si comían del árbol de la Ciencia del Bien y del Mal, pecarían.

Jamás oí predicar  esta sentencia  en toda la sabiduría de su contenido, sino limitándose a dar una importancia  casi pueril a  la gravedad del pecado  de  desobediencia, con lo que se demuestra la marcada intención de las religiones de establecer relaciones  de dependencia.

En mi opinión, su significado va mucho más lejos, para demostrarnos  en qué momento y de qué modo adquirió el hombre  la cualidad de responsable,  siempre según el relato bíblico, que no debe considerarse  forzosamente como la exposición de una realidad.

La palabra  latina scientia  (derivada del verbo scio, que significa conocer)  puede traducirse  por  “ciencia”  o también por  “conocimiento”. Basta con cambiar en el texto bíblico la palabra ciencia  por su sinónimo conocimiento para darnos cuenta de que el hombre es capaz de pecar cuando tiene conocimiento de lo que es bueno y lo que es malo o,  dicho de otro modo,  cuando es responsable de sus actos y no antes.

En cambio, por su etimología, la inocencia ( in-noscientia, en latín) es el desconocimiento, la ignorancia, que no tiene nada que ver  con esa otra idea que se le atribuye de bondad, candor, falta de pecado o culpa, pero es muy revelador que el significado de esta palabra  haya degenerado hasta llegar a  equivaler a “ falta de culpabilidad” ( cuando  un acusado no es culpable, se dice de él que es “inocente”). Esto confirma que el que no tiene conocimiento de una cosa no es culpable ni responsable de ella.

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