La declaración universal de Derechos Humanos y la Pirámide Social

Columnistas, Opinión

Si hubiesen  primado los principios de libertad, igualdad y fraternidad establecidos por la Revolución Francesa y asumidos posteriormente por la Declaración  Universal de Derechos Humanos,  todos los seres humanos nos encontraríamos al mismo nivel y nos moveríamos en un mismo plano, pero, desgraciadamente, ni ha sido ni es ni será así.

Está comprobado que,  desde los tiempos más remotos de la Historia, la sociedad humana ha estado organizada de forma piramidal,  con una base amplísima que soporta el peso de todos los niveles superiores, que se hacen cada vez más reducidos, aunque tienen más peso, hasta llegar a la cúspide, que está soportada por todos los demás individuos sin excepción y no soporta absolutamente a nadie.

Sin duda alguna, la cúspide, es el puesto más cómodo y a la vez el más inestable y peligroso, pues,  cuando se retiran algunos componentes de las capas inferiores, se desmorona la pirámide y el que está más alto es el que recibe el golpe mayor (en la Historia, podemos encontrar  infinidad de nombres de tiranos que pagaron con su vida el derrumbamiento de su régimen);  pero la ambición humana es tan grande e insensata que de inmediato surge otro espontáneamente,  obsesionado por reorganizar la pirámide y encaramarse al primer puesto, siempre aprovechando el apoyo de las bases que después ha de oprimir, pues está claro que  ningún individuo tiene por sí mismo la fuerza suficiente  para elevarse por encina del resto de la sociedad, sino que necesita que alguien permita que se le ponga encima.

Los mayores dictadores del mundo no se hubiesen encumbrado,  de no haber contado con el apoyo y el empujón de los que se les han puesto debajo, una veces por imposibilidad para evitarlo; otras por desidia y en muchas ocasiones, para participar de las  migajas  de los beneficios de que suelen disfrutar, como pago a su sumisión al tirano, casi todos sus colaboradores. Cuando un tirano se pone por encima de los demás pisoteando sus derechos, no faltan quienes   le ayudan desvergonzadamente y se convierten en el brazo ejecutor de sus tropelías.

Está claro que el tirano que se encuentra en la cúspide disfruta de una situación privilegiada.  Tiene al resto de la sociedad  debajo de él y no soporta a nadie por encima. Es lógico que se encuentre satisfecho. En cambio no es tan lógica la satisfacción del que está oprimido en la base de la pirámide, pero existe. Con las excepciones habituales, en los niveles inferiores encontramos individuos que necesitan sentirse dirigidos y dominados, porque, de ese modo, se liberan de la responsabilidad de organizar su propia vida y como no toman ninguna decisión, no pueden equivocarse y se consideran con derecho a culpabilizar a los demás. En resumen, el opresor necesita al oprimido;  pero también es muy frecuente       que el oprimido se sienta feliz bajo el dominio del opresor, con lo que se establece entre ellos una relación simbiótica en la que los dos se consideran beneficiados, aunque no sea así. (O)

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