Justicia / Jaime Guevara Sánchez  

Columnistas, Opinión

 

 

La feria de juicios que buscan fallos millonarios va saturando el ambiente. La sociedad siente cansancio, crecen las críticas negativas. Las positivas pierden terreno.

Para los no profesionales del Derecho, como el suscrito, causa gran sorpresa que en los países tercer mundistas es posible enjuiciar a quienquiera por cualquier nimiedad, real o ficticia. “Le enjuiciamos y le ganamos el juicio” es el consejo del profesional. En el colmo del absurdo, las cortes procesan el absurdo, la nada. Cuando el litigio termina en fracaso; la explicación es muy simple, fría: “Perdimos el juicio”. El demandante queda amargado, frustrado, sin los dólares para el proyecto soñado. La familia sufre las consecuencias. En fin.

En los países desarrollados es imposible iniciar un juicio si la demanda no contiene fundamentos “verdaderos”, contundentes. La corte rechaza la demanda al instante y ahí termina todo. Es punto final. No hay argucia que valga. El abogado que intenta hacerse el vivo presentando la demanda en la corte de otra jurisdicción, pierde la profesión de por vida. No hay Cristo que le devuelva la profesión.

En esos países. Cada juicio es un drama por sus propios derechos, una obra de moralidad presenciada por una audiencia pública. A través de los juicios, la sociedad busca no solamente descubrir la verdad sobre un evento pasado, sino también forjar un eslabón entre el crimen y el castigo, entre el acto malo y la responsabilidad.

Los fallos de las cortes tienen el propósito de reforzar las reglas sociales y los valores; y, al mismo tiempo, detener el comportamiento contrario a esas reglas y a esos valores. Para lograr ese fin, el público tiene que creer que los veredictos del juez son decisiones sobre la verdad de eventos reales, no simple probabilidades. Si dicha creencia se pierde alguna vez, una sociedad basada en la regla de la ley colapsará en anarquía fatal. (O)

 

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