Israel: entre la fe, el poder y las contradicciones humanas

Columnistas, Opinión

Israel proclamó su independencia el 14 de mayo de 1948, en el contexto de la Resolución 181 de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), que un año antes había recomendado la partición del territorio en dos Estados: uno judío y otro árabe. Desde entonces, su historia ha estado marcada por conflictos territoriales, guerras y profundas disputas geopolíticas. Las fronteras con Siria, Líbano y los territorios palestinos continúan siendo motivo de tensiones internacionales. Desde la Guerra de los Seis Días, en 1967, Israel mantiene la ocupación de territorios palestinos y del Golán sirio, una situación que ha generado reiteradas condenas y cuestionamientos de la comunidad internacional, en especial por la Franja de Gaza.

El controversial Israel tiene una historia profundamente mística y espiritual. Para quienes profesamos la fe cristiana, esta tierra representa el escenario donde nació, vivió y murió Jesús, nuestro Salvador. Independientemente de la religión que cada persona elija profesar o de su nivel de espiritualidad, resulta difícil desconocer la trascendencia histórica y humana de Jesús de Nazaret. Para mí, fue, es y seguirá siendo uno de los seres más extraordinarios que ha pisado esta tierra; su mensaje más poderoso fue, es y será el amor.

Sin embargo, existe una diferencia fundamental entre el cristianismo y el judaísmo: los judíos no reconocen a Jesús como el Mesías. Según la tradición judía, el verdadero Mesías deberá cumplir determinadas profecías: establecer la paz mundial, reunir al pueblo judío en la Tierra de Israel, reconstruir el Templo de Jerusalén y poner fin al sufrimiento y las guerras. Para el judaísmo, estas condiciones todavía no se han cumplido.

Ahora bien, elegí abordar este tema, controversial y delicado, porque Israel es una potencia con enorme influencia geopolítica, tecnológica, económica y militar. Sus decisiones no se limitan a sus fronteras; tienen repercusiones en el equilibrio internacional y, directa o indirectamente, terminan influyendo en buena parte del mundo.

Para entenderlo, es necesario conocer cómo funciona su estructura política. Israel es una democracia parlamentaria que cuenta con tres poderes: el Legislativo, representado por la Knéset, un Parlamento integrado por 120 miembros encargado de aprobar las leyes y fiscalizar al Gobierno; el Ejecutivo, encabezado por el Primer Ministro, quien dirige el gabinete y la administración del Estado; y el Judicial, conformado por un sistema de tribunales civiles y religiosos, cuya máxima instancia es el Tribunal Supremo. Adicionalmente, existe la Presidencia de la República, cuya función es principalmente representativa y ceremonial.

En consecuencia, quien ejerce la dirección política del Gobierno es el Primer Ministro. Actualmente, ese cargo lo ocupa Benjamín Netanyahu, quien ha gobernado Israel durante tres períodos diferentes y acumula casi 19 años en el poder, convirtiéndose en el primer ministro con mayor permanencia en la historia de ese país.

Y aquí es donde la historia comienza a plantearnos preguntas mucho más profundas. ¿Cuánto poder puede concentrar un gobernante? ¿Hasta dónde puede llegar un Estado en nombre de su seguridad, su historia o sus convicciones religiosas? ¿En qué momento la defensa de una nación deja de ser legítima cuando se vulneran los derechos y la dignidad de otros seres humanos?

No se trata de desconocer el derecho de Israel a existir, ni de ignorar el sufrimiento histórico del pueblo judío, ni mucho menos de justificar el terrorismo o la violencia contra su población. Se trata de entender que ningún pueblo tiene el monopolio del sufrimiento, ninguna religión puede apropiarse de Dios y ningún Gobierno está por encima de la humanidad.

Porque si algo debería enseñarnos la historia de las civilizaciones, las guerras y las religiones es que Dios no necesita territorios conquistados, los pueblos no necesitan más mártires y la humanidad no necesita más gobernantes convencidos de que tienen la razón absoluta.

Quizás el problema más grande de nuestra civilización no sea que hayamos dejado de creer en Dios, sino que demasiadas veces hemos olvidado lo que significa amar al prójimo. Y mientras sigamos utilizando la fe para justificar el poder, la historia continuará repitiéndose, con distintos nombres, distintas banderas y los mismos inocentes pagando el precio. (O)

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