Intransigencias demenciales / Jaime Guevara Sánchez

Columnistas, Opinión

El portal de Belén no es un portal, tampoco es una cueva. El portal de Belén es una iglesia enorme de estilo bizantino, donde los sacerdotes ortodoxos griegos bendicen aceites y venden agua del Jordán a los peregrinos que llegan de muchas latitudes.

Al fondo, bajando unas escaleritas de piedra, está el lugar exacto donde presuntamente nació el Hijo del Gran Jefe. Disculpas por la de presuntamente. Los arqueólogos no se ponen de acuerdo sobre la exactitud de los lugares Santos. Constantino ordeno construir la basílica original. Unos siglos despues, los cruzados le dieron los últimos toques ornamentales.

A la sobriedad de Belén contribuye también el hecho de que ésta es la tierra de los infieles; los cristianos son minoría. Pero influye más que nada ese otro hecho terrible: la guerra. Una guerra no se cesa. Ni cesará, a pesar de los acuerdos que se firmen en Washington o en otra parte.

Entre los cuatro y medio millones de judíos que habitan en Israel, hay judíos procedentes de 80 naciones distintas. Los judíos polacos, por ejemplo, siguen siendo polacos, los marroquíes, marroquíes, los húngaros, húngaros. Existe un abismo entre las convicciones tolerantes de los judíos europeos y las de esos iluminados vestidos de negro luto que se pasan el día dando cabezazos contra el Muro de las Lamentaciones.

No solo los hombres necesitan paz, también la economía, el comercio, la agricultura, la industria. Sin paz no hay “business” que valga y nadie sabe si esa paz es posible en este país delirante, donde los judíos cierran las tiendas los viernes, los árabes los sábados, y los cristianos los domingos. Donde los soldados se pasan el día rellenando encuestas: “¿Estarías dispuesto a defender con tu fusil a un palestino?”. Donde la paz de verdad, duradera, nunca ha durado mucho.

Los pactos tardan de cuajar, su aplicación se retrasa. En este baturrillo de religiones, intereses y razas que desde se llama estado de Israel, nadie parece dispuesto a soltar el fusil.

En los últimos 5000 años, esta tierra de dioses, leche y miel ha sido tierra de guerras. No hay motivo alguno para pensar que los dos líderes, judío y palestino, logren hacer el milagro que los dioses aún no han querido hacer.

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