Injusticias de la vida

El niño huérfano; la madre que quiso ser y nunca lo será; la abuela olvidada; la enfermedad terminal de una joven promesa; el atraco a los ahorros de toda la vida; la cena especial malograda; el accidente que lo dejó paralítico; los genocidios en Sudán, Somalia, Nigeria, Siria e Irán; el “no” a un pedido de matrimonio; el mal clima en vacaciones; el amigo que traicionó; el penalti fallido que nos negó el título; trabajar en feriado; el importante proyecto digital borrado por un error técnico; el perverso bullying que el hijo calla; la visa negada; etc., etc., etc.
Estas y miles más pueden ser consideradas verdaderas injusticias de la vida, hechos que desafían y trastocan el statu quo al no resultar como habríamos querido. Son instantes en que podríamos llegar a renegar de Dios gritándole: ¡¿por qué a mí?!, ¡¿por qué es tan injusta la vida?! Son, en definitiva, experiencias que frustran, amargan y destrozan. La pregunta, entonces, surge espontánea: ¿hay consuelo?, si lo hay, ¿dónde puedo encontrarlo?
Para responderlas, vamos a dirigir la atención, más que al mismo hecho que consideramos injusto, a los momentos posteriores en donde la desolación es tal que repentinamente nos damos cuenta de que el Universo entero se condensa en el propio ser, que es, además, todo y nada a la vez; estado este en el que sentimos que las respuestas a todas las preguntas siempre estuvieron en el interior, entendiendo así que lo considerado injusto no es más que un inocuo deseo frustrado.
Es en esos precisos instantes cuando -sin dejar de lado el dolor-, descubrimos con claridad meridiana que esa “injusticia” también es sobrecogedoramente positiva. Que aunque la compasión y el desasosiego se funden, hay algo dentro de ese sinsentido que guarda todo el sentido. Que ser los constructores de nuestros propios destinos significa escoger entre darle más peso a la razón o más peso a la paz, por lo que, la magia que trasciende lo justo o injusto nos confirma que la fuerza de la paz es infinitamente superior a la fuerza de la razón. Finalmente, descubrimos también que la vida responde a un plan amoroso no anulado por la tragedia, más bien, vívidamente relievado.
Sé que es raro e incluso inentendible, pero sé también que hay lectores que lo habrán experimentado. Ante esto, solo he de decir que es Dios recordándonos amorosamente al oído que la vida no es injusta: la vida es.
El consuelo viene, pues, cuando al escuchar ese celestial susurro en medio de la devastación, vemos surgir un momento revelador de absoluta lucidez; gracias a él entendemos que si bien la vida puede ser dolorosa, es justa porque se encamina a la eternidad.
