Haz tu parte

A lo largo de la historia, el hombre ha creado innumerables obras de arte que al admirarlas, neófitos y entendidos, ven excitadas las fibras del alma y deslumbrados los sentidos. Pintura, escultura, literatura, poesía, música y ciencia son los escenarios predilectos para unos cuantos genios que en su momento superaron con creces las más altas y exigentes expectativas. Ahí tenemos a Beethoven, Mozart, da Vinci, Miguel Ángel, Tesla, Newton, Einstein, Shakespeare, Cervantes, por citar solo a unos cuantos de los más conocidos en la historia universal, excluyendo intencionalmente a muchos otros por espacio.
El caso es que, si sabemos apreciarlas, notamos en todas y cada una de ellas un sutil e interesantísimo rasgo característico a la belleza implícita que, al ser superlativa, nos tientan casi que a levantar la mano para tocar a Dios.
No obstante, hay una, de las más notables de todos los tiempos, que no insinúa tocar a Dios, sino que nos pide explícita, visual y abiertamente hacerlo. Se trata de una icónica escena del fresco La creación de Adán pintada por Miguel Ángel en la bóveda de la Capilla Sixtina en 1511.
En ella, Dios estaría ocupando lo que sugiere ser el interior de un cerebro humano, con su brazo estirado y el dedo índice completamente extendido, tenso, recto, proyectando la invitación de unirse a Él y apuntando con firmeza hacia el dedo de Adán, quien, por el contrario, tiene el brazo extendido, pero la articulación visiblemente doblada hacia abajo y los dedos lánguidos y pasivos, dejando así un pequeño espacio entre los dedos de uno y otro que nunca llegan a tocarse.
Como he dicho, todas las grandes obras maestras en mayor o menor intensidad nos acercan a Dios, pero ésta en particular, más allá de su abrumadora belleza, nos invita a reflexionar en lo que podrían ser un par de mensajes reveladores. Uno: Colocar a Dios dentro de la estructura cerebral refuerza la verdad de que la mente es la mayor creación divina y que con ella le otorga a Adán no solo la vida biológica sino el milagro de la consciencia humana. Dos: Dios ya hace “el mayor esfuerzo” por alcanzar a su hijo estirándose al máximo, pero respeta nuestro libre albedrío. La decisión de completar la conexión, enderezar el dedo y tocar lo divino depende enteramente de la voluntad del hombre; por eso, pareciera que Dios casi nos lo estaría gritando: “Haz tu parte. Levanta el dedo. Toca a Dios”.
Y, la mejor forma de “hacer tu parte” es siendo más conscientes de lo que somos y lo que hacemos. A lo largo del día entrega todo a Dios: cada acto, cada pensamiento, cada decisión por más pequeña que sea, dásela a Él. Con eso, habrás estirado tu dedo y estarás a un milímetro de tocarlo, si no lo has hecho ya. (O)
