Green School

¿Cuándo hablamos de educación, qué se nos viene a la mente? ¿Tal vez diversión? ¿O tal vez aburrimiento? ¿Tal vez curiosidad? ¿O, seguramente, bloqueo?
Howard Gardner creó la teoría de las inteligencias múltiples para replantear la manera en que entendemos el aprendizaje. Esta teoría propone que no existe una única inteligencia general, sino que cada ser humano posee un perfil único de diferentes talentos o inteligencias que pueden descubrirse, desarrollarse y utilizarse a lo largo de nuestra vida.
Todas las estructuras comienzan a romperse cuando aceptamos que la educación podría enfocarse en descubrir y potenciar los talentos naturales con los que todos nacemos, en lugar de imponer un modelo rígido que, muchas veces, termina apagando la curiosidad, la creatividad y hasta la confianza en nosotros mismos.
Pensar que cada aprendizaje, cada materia y cada método puede convertirse en un juego apasionante en el que podamos descubrir y fortalecer nuestros talentos, ¿puede ser posible?
El enfoque Reggio Emilia, nacido de la necesidad de reconstruir una sociedad desde la infancia después de la Segunda Guerra Mundial, apostó por rescatar la alegría de aprender, la curiosidad, el respeto y la cooperación.
La pedagogía de la escucha, basada en una observación activa y profunda de niñas y niños, permite que los currículos abandonen una estructura estrictamente lineal y se conviertan en proyectos que pueden durar semanas o meses, dando espacio a la creación, la exploración y los laboratorios de investigación.
Crear un ambiente adecuado como “tercer educador” es uno de los pilares de estos métodos de aprendizaje enriquecedores. Un ambiente que procura hacer visibles los talentos que cada niño posee, fortalecer su metacognición, creer en su capacidad de autoformación y permitirle involucrarse en debates, preguntas y procesos de descubrimiento.
La educación que buscamos abordar también contempla a niñas y niños con altas capacidades —genios o superdotados— desde un enfoque radicalmente distinto al tradicional: el desarrollo de la esencia sobre la productividad.
En lugar de moldearlos para que encajen en un sistema corporativo, buscamos proteger su sensibilidad, respetar su asincronía cognitiva y enseñarles a gestionar su propio potencial.
Porque quizá el verdadero desafío de la educación no sea conseguir que nuestros hijos sepan más, sino conseguir que no olviden quiénes son mientras aprenden.
¿Qué pasaría si dejáramos de preguntarnos únicamente qué profesión tendrán nuestros hijos y comenzáramos a preguntarnos qué clase de seres humanos queremos que sean? ¿Serán capaces de crear, de cuestionar, de sentir empatía, de cuidar la naturaleza, de convivir con otros y de encontrar un propósito propio?
Cada niño que educamos es, de alguna manera, una semilla del mundo que vendrá. Y entonces la pregunta deja de ser solamente qué educación les estamos dando, para convertirse en algo mucho más profundo: ¿qué futuro estamos construyendo con la manera en que enseñamos a nuestros hijos a mirar, sentir y habitar el mundo? (O)
