Evaluación docente

Columnistas, Opinión

Al inicio de un nuevo año, corren los rumores que este año sí se va a aplicar la evaluación a los docentes; con estos corrillos, siembran desconciertos y ansiedad por la desinformación en las redes sociales; y, porque desde las fuentes que son el Ministerio de Educación y el INEVAL, no existe la aclaración y precisión correspondiente; todo queda en simples rumores. 

De lo que estamos seguros, en que la evaluación al magisterio es importante y necesaria para la cualificación y la recategorización. Hace tiempo, los resultados de la evaluación estuvieron vinculados a incentivos económicos, promoción y recategorización, además de la cuestionada intención de utilizarla para la permanencia en el sistema educativo, generando tensión y rechazo del magisterio.

Hoy el enfoque evaluativo, sigue cuestionado por su excesiva estandarización y poco sensible a los contextos reales de aula. Tomar a la práctica pedagógica; el cumplimiento de responsabilidades profesionales; la planificación y evaluación de aprendizajes; y, el compromiso ético y profesional como componentes de la evaluación; es sesgar la realidad socio – profesional – educativa en que se desenvuelve la vida de los docentes. Los componentes descritos si bien son importantes, no son vitales para la mejora del desempeño docente, porque eso es parte de la formación profesional para ejercer como profesor. 

Ahora, los tiempos son diferentes y el escenario educativo es más amplio; partiendo del aula, la institución educativa, el contexto social y los agentes externos. La LOEI reconoce que la calidad educativa depende, del fortalecimiento profesional del docente. Siendo las razones para que el Ministerio de educación considere que la evaluación debe estar más orientada a: Diagnosticar necesidades de formación. Identificar fortalezas y áreas de mejora. Diseñar planes de capacitación pertinentes y Acompañar la práctica docente.

Evaluar si el docente tiene conocimientos específicos es llover sobre mojado; observar el desarrollo de la clase es desconfiar del propio sistema de formación docente; y, el desacierto de fondo y forma lo complementan la auto evaluación, coevaluación y evaluación de directivos; tan subjetivos, poco éticos, nada pertinentes y descontextualizados que fracasaron en los resultados con un gasto considerable del presupuesto educativo.

Con pena hay que decir que, ese lastre llamado LOEI con su requete reformado Reglamento, mantiene que la evaluación es un proceso de evaluación, acompañamiento y formación docente, no sancionadora y que busca mejorar la práctica pedagógica. En la percepción del magisterio permanece que la evaluación aplicada es descontextualizada y de una u otra manera, busca ser sancionadora, por más que el gobierno y funcionarios educativos, digan que tiene un toque humanista y formativo.

Para aplicar una evaluación, el gobierno, debe recuperar la confianza del magisterio, planteando procesos transparentes que permitan la promoción inmediata de categorías, nombramiento de autoridades educativas en base a la evaluación y sobre todo que haya una base permanente de capacitación. Nadie huye de lo que le ayuda a ser mejor en su profesión. Paulo Freire, manifestó que la evaluación permite reflejar y entender mejor la complejidad del proceso educacional y definir responsabilidades, que significan, «de un lado el cumplimiento de deberes, de otro, el ejercicio de derechos.”  (O)

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