EL PRINCIPIO DEL HOMBRE DE LAS CAVERNAS/ Mario Fernando Barona

Columnistas, Opinión



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Si por esos azares de la vida, la ciencia logra clonar y revivir al hombre de las cavernas de hace cien mil años y lo lanza a la calle bien afeitado y elegantemente trajeado, con toda seguridad pasará desapercibido entre los miles de transeúntes porque los indicios anatómicos, genéticos y fósiles dan cuenta que tenían exactamente el mismo aspecto que nosotros. Pero no solo eso, tampoco hay pruebas de que nuestros cerebros y personalidad hayan cambiado mucho desde entonces, por lo que aquellas formas de pensar, actuar y soñar del hombre de las cavernas aún están arraigadas en nuestra psiquis aflorando instintivamente tal vez ahora mismo.

El físico Michio Kaku dice que cuando enfrentamos un conflicto entre la tecnología moderna y los deseos de nuestros primitivos antepasados, los deseos primitivos siempre ganan. Este es el Principio del Hombre de las Cavernas. Por ejemplo, el hombre de las cavernas siempre exigía “comprobar la pieza cazada”, nunca bastaba con presumir de la pieza grande que se había escapado, es decir, tener el animal entre las manos era siempre preferible a las historias sobre uno que hubiera huido. De igual forma y ya en nuestros días, la oficina a distancia y sin papeles (presagio futurista de hace unas cinco o seis décadas atrás) no se ha hecho realidad porque a nuestros antepasados siempre les gustaron los encuentros cara a cara; porque preferimos el contacto de la copia en papel cuando manejamos archivos; y, porque instintivamente desconfiamos de los electrones que flotan en la pantalla del computador y por eso imprimimos correos electrónicos e informes que también los queremos tener entre manos incluso cuando no es necesario.

Como estos hay muchos más ejemplos del Principio del hombre de las cavernas que explican bastante de nuestro actual comportamiento al momento de elegir entre las tecnologías avanzadas y los deseos primitivos. Este Principio nos dice que preferiríamos tener ambas, pero, si tenemos que elegir, definitivamente optaremos por el cara a cara y el contacto directo, como nuestros antepasados cavernícolas.

Siendo así, ahora se entiende muy bien por qué le decían “hombre de Cromagnón” a políticos como Alfredo Adum; y ahora último a los correístas, conocidos por el mazazo en la cabeza a quien no se alineaba con ellos; por arrastrar de los cabellos a sus parejas, como lo hizo el revolucionario Orlando Pérez; por llamarlas “sufridoras”, “chifladas”, “neuróticas”, “fracasadas”, “gordita horrorosa”, etc. a mujeres que criticaban a Rafael Correa; y porque en definitiva, durante diez años hicieron lo que les dio la gana tal y como si habrían vivido en la edad de piedra: sin control, sin respeto y sin ley y donde solo se hacía lo que el energúmeno jefe decía.

Como ve, al hombre de las cavernas al parecer sí lo clonaron… y es de izquierdas.

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