El mundo gira y las cosas vuelven a su lugar

El mundo gira y las cosas —que, en realidad, nunca cambiaron— terminan regresando a su lugar.
Pasada la tormenta de las expectativas, el equipo de todos se despidió del Mundial dejando una imagen que estuvo muy lejos de lo que su plantel permitía imaginar. Fue una presentación deslucida, cargada de imprecisiones, escasa de ideas y, sobre todo, carente de la ambición que exigen los partidos donde no existe mañana.
Porque hay momentos en el fútbol en los que el empate deja de ser un negocio. Hay instancias en las que administrar el riesgo equivale a firmar la derrota. Y Ecuador jugó ese partido decisivo con una propuesta demasiado conservadora, subordinada a un libreto que privilegió la cautela por encima de la convicción.
El director técnico eligió contener antes que proponer. Prefirió esperar el error del rival antes que provocarlo. Apostó a un destello individual antes que a una construcción colectiva. En definitiva, dirigió con el temor de quien busca no perder, cuando la única obligación era ganar.
Después llegan las conferencias de prensa, las disculpas y las inevitables autocríticas. Pero esas palabras tienen escaso valor cuando los hechos ya quedaron escritos sobre el césped. Asumir responsabilidades después de la eliminación no modifica decisiones que pudieron tomarse cuando todavía existía margen para cambiar la historia. Ese karma se guardará por largo rato hasta convertirse en dolorosa historia para recordar, aunque más de una vez se diga “para aprender”.
Tampoco alcanza con los gestos de una dirigencia que volverá a refugiarse en los lugares comunes: los procesos, el recambio, la exportación de jóvenes talentos y las promesas de un futuro siempre mejor. Mientras tanto, la ilusión de un país vuelve a quedar postergada, atrapada entre discursos repetidos y una realidad que insiste en desmentirlos.
¿Hay talento? Sin duda. Ecuador ha demostrado en los últimos años que posee una generación capaz de competir contra cualquiera. Precisamente por eso la frustración resulta mayor. Porque no se perdió únicamente un partido; se desperdició una oportunidad. Y las oportunidades, en un Mundial, rara vez conceden revancha.
¿Dolido? Claro que sí. No solo por la eliminación, sino por la sensación de que el desenlace era evitable. Dolido por comprobar que la testarudez de un entrenador de escasa capacidad para leer los partidos, con un recorrido internacional limitado y un ego que nunca encontró respaldo en los resultados, terminó imponiéndose sobre el potencial de un plantel que merecía un destino diferente.
El fútbol enseña, una y otra vez, que el exceso de prudencia suele confundirse con inteligencia. Pero cuando el miedo condiciona las decisiones, la prudencia deja de ser una virtud para convertirse en una condena.
Y el mundo, que siempre gira, termina acomodando las cosas en el sitio que les corresponde. Los resultados no hacen más que confirmar aquello que el juego ya había mostrado desde mucho antes.
Será hasta una próxima vez. (O)
