El comercio informal / Mirian Delgado Palma

Columnistas, Opinión

La situación económica del Ecuador se va deteriorando paulatinamente con graves consecuencias para mayoría de la población ecuatoriana que se ve limitada para satisfacer las necesidades básicas de su entorno familiar. Con el propósito de subsistir y evitar la agonía de los hogares, los jefes de familia han optado por el comercio informal, que en nuestra ciudad se ha constituido en un callejón sin salida, para el Gobierno Local.
Aquí cabe una pregunta como en todo proceso de investigación ¿Cuáles son las causas del problema? Una de las principales, la desigualdad en la distribución de la riqueza, asalto inmisericorde a las arcas fiscales, administradores corruptos, deterioro de los canales tradicionales de empleo y producción, por citar algunos.
Las consecuencias son alarmantes: Incremento de la delincuencia, desorganización de la ciudad, reducción de la productividad, los salarios se quedan estancados, paso de los profesionales del sector formal al trabajo informal, pérdida de desarrollo del capital humano, incremento progresivo del desempleo; acrecentamiento de la pobreza, ganancias improductivas, bajos niveles de la calidad de vida, etc. etc.
El perfil de la informalidad se caracteriza porque no se adhiere a un marco normativo que reconozca los beneficios de los formales, tales como: Trabajo en relación de dependencia; seguro social; salarios fijos; acceso a todos los servicios; facilidad de créditos; aportes estatales y sociales; poder adquisitivo de las familias; aceptables ingresos económicos; estabilidad familiar y social. De estas ventajas y derechos no goza el sector informal.
La falta de un empleo formal ha llevado a las calles a cientos de profesionales que estuvieron y están preparados para emplearse en instituciones, organizaciones o en la burocracia estatal; no encontraron posibilidades dentro de la estructura y acudieron a la inventiva que les permitían sus escasos bienes. Son los grupos de empleados que habiendo quedado cesantes decidieron utilizar sus exiguos recursos y su gran experiencia para instalar negocios de poca monta. Es inadmisible que este capital humano, considerado como el motor de desarrollo de un país, se haya convertido en vendedores ambulantes similar a los campesinos e iletradas que se ubican alrededor de plazas, mercados y sectores comerciales de la localidad; proyectando una imagen deplorable de lo que significa una auténtica metrópoli.
Estos grupos informales lo ven al Estado como su principal enemigo, un divorcio acentuado entre lo que se denomina sociedad civil y Estado-Gobierno. La indiferencia del Gobierno Central atormenta a este sector, porque están muy lejos de saborear la zozobra que genera el vivir al margen de la sociedad y para muchos el subsistir con sólo el pan de cada día. Situación que deja entrever la incapacidad y en algunos casos la inutilidad de las formas actuales de los gobiernos.
Este grave y angustioso problema de la informalidad, no es únicamente responsabilidad de los Gobiernos Seccionales. Lo tiene la mayor responsabilidad el Gobierno Central; ya que desde esta tribuna es imprescindible que se emitan políticas estatales para atacar la informalidad, dirigidas a corregir estas falencias; y, que lleven al país por vías de desarrollo y progreso. (O)

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