Divulgador de los Derechos Humanos en Quito. 1808

Columnistas, Opinión

“En diciembre de 1793, el criollo colombiano Antonio Nariño tradujo e imprimió clandestinamente en Bogotá la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano. Este acto desafió el dominio colonial español, promoviendo ideas de libertad e igualdad de la Revolución Francesa, lo que provocó su arresto, encarcelamiento y destierro” (Wikipedia). Con este antecedente, preguntémonos, ¿cómo se habría divulgado en Quito tan importante documento? ¿Quién o quiénes fueron los pioneros en tener semejante documento que hacía cambiar los esquemas monárquicos de aquella ideología?

Se piensa siempre que las universidades deben disponer de bibliotecas con bibliografía actualizada, para ser pioneras en conocimiento. Ojalá haya cambiado lo ocurrido en mi experiencia de docente, que pudo ser el caso del personaje de esta historia, quien a título personal llevaba libros de su biblioteca particular a compartir en sus clases, ya que la universidad no tenía bibliografía de vanguardia.

Nariño hizo su traducción “clandestina” para que en la Nueva Granada se enteraran de 17 artículos sobre libertad, igualdad y la propiedad. La edición impresa circuló en 1811, con supuesto propósito económico. Según la fuente que estamos compartiendo (keeding, Surge la Nación, Quito, 2005, p. 169): “el profesor de teología de la universidad (de Quito), Dr. Miguel Antonio Rodríguez, puso en circulación una versión desaparecida de los Derechos humanos. Aún no había ocurrido en Quito que el diario acontecer se reflejara directamente en las tesis de los alumnos: la historia se registraba en los conventos solamente, en tanto tuviera relación con los sucesos bíblicos”. La cita tomada del Archivo histórico de Quito corresponde al investigador Núñez del Arco. La cita corresponde a 1813, pero se supone que tuvo circulación anticipada, seguramente procedente de Bogotá, de 1793, o traída alguna edición francesa ya que en Quito muchos intelectuales sabían francés, como el propio Espejo que leía obras contemporáneas en latín, francés y español. El rector de la universidad de Quito, Dr. Nicolás de Carrión y Vaca, con su hijo que era secretario Nicolás Jerónimo de Carrión y Velasco, fueron lectores del español Feijoo. Los miembros de la familia de don José Dávalos de Riobamba, en 1738 dominaba el francés; su hijo mayor Antonio traducía un tomo de las Memorias de la Academia Francesa de las Ciencias; su hija la monja Magdalena Dávalos traducía el Dictionaire Historique, de Moreri, según testimonio de La Condamine (ver p. 180)

¿Será gratuita o sin madurez la insurrección del 10 de agosto de 1809 en Quito? Algo se estaba fermentando para que estudiantes universitarios hayan decidido, estando en vísperas de nuestra fecha histórica para que un par de graduandos, José Pazmiño y  Francisco Escudero “tomaran los acontecimientos cotidianos en Quito, como objeto de su tesis…Pazmiño declaró que el presente merecía la atención del observador de la historia, y además, que el pueblo y ciertos libros sospechosos estarían jugando un papel que no les corresponde, por falta de fidelidad al Rey…Un mes después de la lectura de tesis por parte de Pazmiño, el 9 de marzo, seis de las cabezas que lideraron más tarde la revolución de Quito del 10 de agosto, fueron detenidas”. Escudero tuvo que declararse contrario a las ideas del levantamiento. Claro, tenía que graduarse. Por eso había escrito: “No es permitido ni al pueblo en común ni a ciudadanos particulares levantarse contra el Príncipe, ni tampoco cuando gobierna como tirano (p. 171)”. La cita evidencia que se contraponía a los derechos del hombre.

Es de suponer que tanto profesores como alumnos habrían entrado en pugna de criterios. Pero, el rol del maestro que ofrecía reflexiones de vanguardia, dejó el antecedente para que sostengamos a los baluartes del “Quito, Luz de América”. (O)

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