Dime que estás en campaña, sin decir que estás en…

Todavía no estamos en campaña electoral, al menos, eso dice el calendario oficial, según el cual, la promoción autorizada comenzará el 12 de noviembre. Sin embargo, basta salir a la calle o abrir las redes sociales para comprobar que el cronograma político marcha por su cuenta.
Los candidatos aseguran que apenas están presentando sus nombres; no piden abiertamente el voto, pero sus fotografías circulan en publicaciones promocionadas; tampoco organizan grandes concentraciones, aunque difícilmente faltan a un desfile parroquial. Algunos han descubierto una repentina afición por comprar en los mercados y otros una devoción religiosa que no conocíamos. Hay quienes todavía ejercen funciones públicas y encuentran oportunidades para anunciar futuras obras. Todo, sin estar en campaña.
El Código de la Democracia, en su artículo 278, numeral 7, contempla la promoción anticipada como infracción grave. Esto no se limita a pronunciar las palabras vote por mí. Importa la finalidad de determinadas actividades. Aunque establecer una infracción exige examinar las circunstancias y las pruebas correspondientes.
El cumplimiento de las reglas no puede depender de la habilidad de cada aspirante para disfrazar la propaganda. Tampoco es aceptable que unos respeten los plazos mientras otros aprovechan cualquier resquicio para ganar exposición pública. La igualdad debería comenzar por el respeto al calendario establecido.
La responsabilidad no recae únicamente sobre los aspirantes. Corresponde a los organismos de control vigilar el cumplimiento de la norma y actuar cuando existan infracciones demostradas. Una prohibición que permanece escrita, pero cuya aplicación es incierta, termina perdiendo autoridad.
La promoción anticipada parece haberse normalizado. Algunos ya ni siquiera disimulan. Si los organismos de control aplicaran rigurosamente las disposiciones vigentes, probablemente nos quedaríamos sin candidatos. No se trata de sancionar indiscriminadamente, sino de impedir que la astucia termine imponiéndose sobre la ley.
En el “nuevo Ecuador” hemos aprendido a cambiarles el nombre a las cosas para fingir que son distintas. Ahora resulta que la propaganda es presentación, el proselitismo es acercamiento y la búsqueda de votos es un encuentro ciudadano.
Dime que estás en campaña sin decir que estás en campaña. Los candidatos conocen perfectamente el juego. Pero, si la ley puede burlarse a plena luz del día y nadie parece dispuesto a hacerla cumplir, el problema no es únicamente de quienes buscan votos, sino de quienes tienen la obligación de garantizar unas elecciones limpias. (O)
