Citas Citables/ Guillermo Tapia

Columnistas, Opinión

«Que mi ejército sean las rocas y los árboles de la tierra y las aves de los cielos».

La frase, utilizada en una de las series de televisión que he mirado en estos días, coincide con una escena en la que el actor principal, con un sutil movimiento, obliga a una bandada de aves a levantar el vuelo para impedir una persecusión aérea y, conseguido el objetivo exclama, lanza la cita al viento, adjudicando su autoría a Carlo Magno. 

Pero, amén de que eso sea así, que en efecto lo haya dicho o no el Emperador de tan vasto imperio, la afirmación, la intencionalidad y la profundidad que devienen de la cita, superan la nostalgia del tiempo y las barreras de lo imposible. 

Usada con sapiencia, por cierto dependiendo del auditorio, hasta podría llegar a convertirse en un recurso o muletilla política interesante que, parafraseada, bien podría ser usada en la próxima campaña electoral. Total, ahora cualquier canción con un mensaje cercano al ilusionismo, sirve por igual para justificar el empleo público, la intencionalidad escondida, la foto, el baile y el cucayo.

La diferencia estriba, no solo en la época, el momento, la autoría y la «utilización» de slogans, frases, fotos, víveres, mascarillas, y esperanzas. Sino en la exposición de la honestidad como atributo o en su inexistencia.

Con legÍtimo derecho, dirán unos. En forma inapropiada, sostendrán otros. 

En correspondencia con  aquella cita, la praxis de pre-campañas que ya están caminando y los usos indiscriminados -de fondos, cargos y algo más- que nos invitan a reflexionar en valores, viene a mi recuerdo otra interesante expresión que leída tiempo atrás me sirvió para entender la fuerza «inusitada» con la que en el siglo XIX el poeta sentenció:  «En el valle de la muerte cabalgaron los seiscientos» haciendo alusión a la oda épica de Lord Alfred Tennyson, un escritor británico, quien tituló así su trabajo poético, hablando de la historia de 600 hombres bajo el mando de Lord Kardigan, líder y estratega que guió hacía la muerte a sus hombres. 

Lo sorprendente de la historia detrás de la cita, es llegar a desentrañar que nadie se atrevió a criticarlo, aún sabiendo que estaba equivocado y siguieron con valor, lealtad y honor sus instrucciones. Su determinación era una orden y ningún subalterno la ímprobó. 

Una interesante muestra de valor y obediencia encaminadas -conscientemente- al sepulcro.

Estas remembranzas coadyuvan a que el pensamiento fluya raudo e indetenible, en un instante de este tiempo, en el que mirando de frente al Pichincha -a través de la ventana de mi auto confinamiento- me invite a imaginar como un desafío, ascender a su cúspide, simplemente para testimoniar la vida y -tomando aliento- recuperar la memoria que, a ratos, parece estar extraviada entre los pliegues de la historia. 

Y nos preguntaremos entonces ¿para qué recuperarla? si ya es parte de ese libro que seguramente alguien lo leerá e interpretará a su modo y conveniencia. 

Y la respuesta se me hace muy sencilla, pues simplemente para pensar. Para meditar con la intensidad y amplitud que ahora se requiere, escudriñando todos los detalles si se quiere, hasta encaminar o adoptar una decisión o una posición adecuada e inamovible a los desafíos que enfrentamos en lo económico, en lo social, en lo político y en los valores éticos y morales tan venidos a menos. 

No hacerlo significaría -contrario sensu- nuestra peor pesadilla, nuestro infortunio. Y entonces si, conscientemente seríamos parte de esos 600 y sin opción de reclamo. 

Estamos a tiempo para reflexionar en las militancias partidistas, en las asociaciones y en las formas suigeneris de sus comportamientos, sobre todo cuando ya se huele a campaña electoral. 

¡Valor y lealtad de por medio! puede ser una de las consignas a instrumentarse. 

¡Honor y superación corriendo por las venas! puede ser una razonable explicación a la necesidad de cambiar el status quo.  (O)

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