Un capítulo Aciago / Fausto A. Díaz López

Columnistas, Opinión

 

Una desbordante indignación y un dolor intenso, sufrió gran parte del pueblo ecuatoriano, al conocer la muerte de: Javier Ortega, Paúl Rivas y Efraín Cegarra, que conformaban un equipo periodístico de El Comercio y que fue secuestrado y asesinado por narco guerrilleros; comportamiento que es una señal de aviso al gobierno y a todo el país, de que si se obstaculiza su actividad, esa será su respuesta.

Comenzó la inseguridad nacional, con acciones terroristas en San Lorenzo y Quinindé, que desnudaron la firmeza de sus instituciones y dejaron al descubierto la fragilidad de un Estado que fue manejado por avivatos y pillastres que luego de esquilmar sus recursos por una década, dejaron al país en soletas. Producto de esta calamidad económica y política, el Ecuador muestra al mundo un ejército completamente debilitado y una policía hostigada y desacreditada mediante la invención del 30-S.

En estas condiciones; con una economía anémica y un Estado obeso, que defiende a una burocracia desbordante enquistada en el gobierno; con una deuda a corto plazo y con intereses usurarios, heredada; es decir, un país en una situación de calamidad visible, es atacado por la virulencia de una horda que vive del tráfico de drogas con todos sus ingredientes, como son: el crimen, el secuestro, la extorsión, tareas que ponen en práctica para conseguir sus fines.

Para el país este tipo de eventos, se traducen en una tácita declaración de contienda, cuyas consecuencias son impredecibles. Los actores son terroristas violentos y sin escrúpulos frente a una sociedad inerme con una fuerza de seguridad pública que por su debilitamiento no están preparadas para semejante confrontación. A esta situación llega el país por el abandono pertinaz de la frontera norte. Esos poblados según crónicas publicadas, carecen de escuelas pluridocentes, centros de salud y fuentes de empleo; circunstancias propicias para que la narco guerrilla cubra esta clase de carencias y pague por sembrar coca y servir de mulas del narcotráfico, razón por la que esos pobladores defienden sus centros de salud y fuentes de recursos y se convierten en cómplices de los facinerosos.

La situación que hoy vive el país, es un llamado a la unidad de todos los ecuatorianos. Esta traumática experiencia, exige coherencia y rectificación al comportamiento de abandono de esos lejanos poblados, carentes de una presencia eficaz del Estado, para que sintiéndose parte del Ecuador destierren la epidemia del narcotráfico que por permisión de anteriores mandatarios hoy utilizan esos pasos fronterizos como si fueran de su propiedad. Nuestra respuesta debe ser frontal, que no les quepa a los maleantes la menor duda de que estaremos unidos como un puño para frenar el crimen que trata de doblegarnos por el miedo. (O)

 

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