Baño de bosque

Columnistas, Opinión

La semana anterior habíamos analizado el tercer habito japonés, de»comer hasta estar solo un 80% lleno» y que eso a más de ser un asunto filosófico o espiritual está validado por la fisiología humana y la neurociencia, pues es una de las formas más simples de vivir más tiempo y con mejor salud. 

Ahora nos atañe el cuarto hábito que es el shinrin-yoku (森林浴 en japonés) se traduce literalmente como «baño de bosque». Es una práctica terapéutica que consiste en sumergirse en la naturaleza, absorbiendo su atmósfera a través de los sentidos para relajar la mente y mejorar la salud. No es ejercicio, no es una caminata extenuante, no es caminar e ir comentando los problemas del día a día, es simplemente estar en la naturaleza, caminar lentamente, respirar profundamente, no solo ver sino hacer consciente lo que observamos, lo que nos rodea con todos nuestros sentidos despiertos.

Investigadores creen que tiene que ver con los fitoncidas. Estos son compuestos que los árboles liberan para protegerse de los insectos y cuando los respiramos, nuestro sistema inmune responde incrementando temporalmente la actividad y el número de células asesinas naturales (antivirus y anticáncer). Además, hay una comprobada regulación del Sistema Nervioso Autónomo incrementando significativamente la actividad parasimpática (encargada del descanso y la digestión) y reduce la actividad simpática (respuesta de lucha o huida), lo que disminuye la frecuencia cardíaca y la presión arterial. 

La exposición sostenida al entorno forestal reduce de forma drástica y medible (a través de muestras de saliva) los niveles de cortisol, la principal hormona del estrés. Los entornos naturales están repletos de «fractales» (patrones geométricos que se repiten en hojas, ramas y ríos). La contemplación de estos patrones requiere menor esfuerzo cognitivo y permite que la red neuronal por defecto descanse, reduciendo la rumiación mental y la ansiedad.

Solo caminemos lentamente, sin prisa ni un destino fijo, prestando atención con la intensidad de un niño descubriendo el mundo por primera vez. Notemos la luz filtrándose a través de las hojas, el sonido del viento moviendo las ramas, el olor de la hierba, la textura de la corteza bajo nuestros dedos. Este no es tiempo perdido, esto es recuperación, esto es medicina preventiva, esto es mantenimiento y limpieza cerebral y del alma. Dejemos que nuestra mente divague sin dirección, sin propósito, sin el timbre mental del apuro, de las notificaciones, de la necesidad constante de preocuparnos por todo. Y en un mundo que constantemente demanda nuestra atención, que constantemente nos pide que produzcamos más, hagamos más, seamos más, esta pequeña práctica podría ser la hora más importante de nuestra semana, porque cuando regresamos de esos momentos en la naturaleza, regresamos diferentes, más centrados, más tranquilos, más conectados con nosotros mismos y desde ese lugar de conexión todas tus decisiones mejoran, todas nuestras relaciones mejoran, toda nuestra vida mejora. «El bosque no es un lugar que visitamos; es un hogar al que regresamos.» (O)

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