Arrancar las malas hierbas /P. Hugo Cisneros C.

Columnistas, Opinión



La liturgia dominical, de cada domingo nos invita a escuchar la palabra de Dios y darla una respuesta que marque nuestras vidas.

Hoy quiero compartir una reflexión que hice hace algún tiempo sobre el tema que introduce este artículo. (Mateo 13, 24-33).

El Evangelio de Mateo 13,24-43 nos presenta tres parábolas y todas relativas a la germinación y al crecimiento. En la primera los protagonistas son los empleados del dueño del campo; en la segunda el protagonista es el grano y en la tercera interviene la mujer que conoce la capacidad de la levadura. Comparto los pensamientos de Jean Pierre Bagot.

No soy un especialista en trabajos agrícolas, pero alguna vez he tenido que escardar fresas. Esta pequeña experiencia me ha ayudado a entender mejor la pertinencia de la parábola de la cizaña y el trigo.

Al querer arrancar la matas de hierba más próximas a las fresas, sacaba la raíz de la planta que quería limpiar de maleza. Debería haber tenido más cuidado, sobre todo teniendo en cuenta que las fresas tienen raíces poco profundas. Y, sin embargo, no lo tuve, e hice varias veces más esta falsa maniobra. ¡Quizás hoy, en lugar de fresas, podría cosechar el fruto de mi testarudez!

No se trata sólo de un problema de jardinería. ¿Por qué los hombres están siempre dispuestos a querer separar el bien del mal, si todo está tan mezclado y confundido, tanto en la vida como en nuestros corazones? ¿A qué se debe esta necesidad de separar los buenos de los malos, la izquierda de la derecha, los creyentes de los paganos… y muchas cosas más?

El Evangelio nos aporta una respuesta tranquilizadora y una lección de esperanza. Estábamos encerrados en un impás, en un problema irresoluble, que ya ha dejado de serlo. Dejad crecer a los dos. No juzguéis, no os compete a vosotros hacerlo, sino al Padre.

No nos engañemos, la sencillez de esta conclusión de la parábola del Evangelio no tiene nada de evidencia razonable. Es divina. Esta mezcla de bien y de mal me recuerda a la Pietá de Miguel Ángel.

La Virgen conserva un aire juvenil, a pesar de compartir el sufrimiento de su hijo. A pesar de estar muerta de tristeza con el cuerpo sin vida de su hijo en brazos y de sangrarle el corazón lleno de dolor, tiene un rostro joven en el que se refleja la disponibilidad a la primera llamada que le había propuesto el amor de Dios. También aquí la actitud de amor trasciende el escándalo de la muerte.

No tengáis miedo. Dios camina con vosotros en la vida, en esta vida, en esta vida compleja y confusa, donde el pecado y la gracia están inseparablemente mezclados. Y no intentéis separados: sería matar la vida. Contentaos con servir a Dios: permitiréis que la vida dé su fruto y que el amor del Dios vivo se desarrolle. (O)

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