Ambato presente y futuro. 2020/ Pedro Reino Garcés

Columnistas, Opinión


Por invitación del equipo de proyecto Plan de Uso y Gestión del Suelo,  que dirige el Arq. Juan Real Toscano, y coordina Francisco Domingo Real según las prácticas actuales de entrevistas por zoom o acercamientos a las lentes de quienes quieren poner en primer plano la problemática, tuve una participación junto a Yosmel Díaz Pérez, un arquitecto cubano vinculado este ámbito que ofertó interesantísimos enfoques sobre la identidad cultural y la arquitectura urbana.

Creí advertir que un enfoque, en nuestra experiencia,  puede estar planteado desde: 1) la apología y el adulo, que es lo que esperan muchos ejecutores; 2) desde la crítica, que implica asumir desafíos; 3) desde la política y su decisión, que siempre generará controversia; y 4), desde la indiferencia, producto de la impotencia que tiene el ciudadano que es mero espectador de lo que deciden los que tienen el control resolutorio: La sartén por el mango o el caballo por la brida.

En este apretado resumen digamos que las municipalidades, y en particular la de Ambato, ejecuta su accionar como un sustituto del poder colonial, extorsionador y ejecutor de impuestos que han convertido en casi dueños de la llamada “propiedad privada”. Hace falta un buen volumen sobre la Historia de la Tributación desde cuando los concejiles hacían de jueces y se inventaban controles sobre lo que les significaban ingresos. Un par de ejemplos: Impuestos para reconstrucción de la Acequia Miraflores después del terremoto de 1797, que permaneció hasta 1840 aproximadamente; impuestos y remates de las centaverías sobre entrada de los burros  a la ciudad. Impuestos a las galleras,  a los cultivadores de alfalfa; multas a los indios  que cruzaban los parques de los señores. Muchos modelos coloniales no se cambiaron con la independencia. Todo el mecanismo de la extorsión ha tenido sus ilustres concejiles. Ojo, así se llamaban, aunque ahora parezca irónicamente una verdad. Ahora, el propietario de una casa paga tributo anual hasta por la superficie de construcción y no puede ejercer libre dominio sobre su propiedad; es decir, para todo tiene que pedir un permiso que tiene un costo. Somos modernos inquilinos de los municipios. Muchos de nuestros tributos se convierten en escombros por la obra de pacotilla.

Todo esto se justifica con falacias que se llaman “mejoras”. Y no es que estemos en contra de pagar por ellas, sino que las pagamos sin ser beneficiarios. Una vereda resulta más cara que hacerla por cuenta propia. Un barrido de calles es más caro porque no funciona bien. La seguridad ciudadana es una utopía de campaña. En fin, creo que la pandemia nos ha hecho ver que estas instituciones ya son obsoletas tal como están funcionando, porque son generadoras de escombros. Vamos de remodelación en remodelación. Este es tema de otro volumen en el que las administraciones se darán cuenta que han hecho muchas cosas que no han funcionado. Canchitas y coliseos en vez de hospitales. Se han derrocado bienes patrimoniales para dejarlas en covachas y se ha levantado monumentos que ya estorban en media calle, de tanto ilustre político que tenemos destinado a la posteridad.

Este modelo de lo que se hace en la capital de la provincia, sirve para que los cantones, que son los  pueblos que forman, lo que los técnicos llaman la “conurbación”, tomen como referente. Además, si en la capital de la provincia entró un “contratista” de una obra que tuvo aceptación administrativa, o un funcionario que tuvo tal visión, termina replicándose en un pueblo. Esto ha estandarizado no solo la infraestructura, los comportamientos, sino, los esquemas culturales de despersonalización identitaria, hablando de tópicos arquitectónico urbanísticos. Relacionen queridos lectores cuánto se ha gastado en escombros. Seguro que ha costado más que respaldar la identidad de tierra de flores, o la tierra de la cultura. Cuántos  se ha gastado en escombros que en fortalecer la fruticultura. Cuánto se ha gastado en remodelaciones, que también generan escombros, que en apoyar a intelectuales y artistas. Y hablando de esto, en este último renglón diré que en tiempos de crisis, ¿cuánto importa el arte por el arte, si no se lo entiende como el mejor camino para la liberación de un pueblo sometido?   (O)    

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