Aleturgias y el gobierno de los vivos. 2019 / Pedro Reino

Columnistas, Opinión

¿Sabe usted quien le gobierna? ¿Se ha dado cuenta que no solo le gobierna el que está más arriba, sino hasta una hilera de mediocres intermediarios? Si no se ha detenido a pensar en esto, siéntase feliz, porque no es un ser pensante, sino un obedeciente que terminará en obediente.

¿Sabe usted lo que significa ‘aleturgia’? Si no hubiera dado con el libro de Michael Foucault, titulado “Del gobierno de los vivos” (2014), yo estuviera igualmente feliz. No hay duda que la ignorancia nos da felicidad y conformismo. Pero el caso es que leyendo y releyendo me entero de que un emperador romano llamado Septimio Severo (146 – 2011) que gobernó el imperio desde 193 a 211 de nuestra era, había tenido un raro capricho, como lo hacen nuestros emperadorcillos inmediatos, de hacer construir su palacio “y en él, claro está, una gran sala solemne en la cual daba audiencia, emitía sus sentencias e impartía justicia”. Se dice que en el cielo de esta sala hizo pintar sus estrellas, las que había visto desde  su nacimiento. Eran “las estrellas que habían presidido su destino”. Foucault dice que en esta alegoría “su interés radicaba en inscribir las sentencias particulares y coyunturales que él dictaba dentro del sistema del mismo mundo, y mostrar que el logos que regía ese orden…” en una palabra, justificaba las sentencias pronunciadas por él.

¿Cómo actuaba Septimio Severo en el ejercicio del poder? Foucault dice que lo hacía “en orden a la información recogida, del orden del conocimiento” que devienen de leyes, tablas, rituales, ceremonias, operaciones de magia, de adivinación, de consulta a oráculos y a los dioses “mediante los cuales se saca a la luz algo que se afirma, o, más bien, se postula como verdadero…”.

Para nuestra reflexión, ¿se ha puesto a pensar en el orden o nivel de conocimiento con que actúa su gobernante? ¿Qué clase de estrellas cobijan su cielo? Y yendo a lo de fondo, ¿Se ha puesto a meditar qué tiene su gobernante como principio de la verdad? ¿Le interesa gobernar con la verdad? De esta pregunta es que salta la palabra ‘aleturgia’, repensada por el gramático griego Heráclides, para advertir que entre tantos que opinan, alguien dice la verdad. Entonces, la aleturgia sirve para entender “el conjunto de los procedimientos posibles, verbales o no, por los cuales se saca a la luz lo que se postula como verdadero en oposición a lo falso, a lo oculto, a lo indecible, lo imprevisible, el olvido, y decir que no hay ejercicio del poder sin algo parecido a una  aleturgia.”

Es sabido que entre nosotros, la convivencia es más con rituales que con leyes. Estamos muy conscientes de que la máscara es la imagen de nuestra cara pública.  Tanta alusión a la transparencia no es sino la angustia, el grito público, el pregón oficial, de que se reconozca a la máscara como a la identidad verdadera. ¿Por qué tanta publicidad sobre la transparencia? Pues porque la verdad que está atrapada entre la gente, tiene que ser desmontada, falsificada, desacreditada.

¿Quién tendrá la verdad? ¿Quién la constata? Si el protagonista del poder es el primer enmascarado  predicador de falsedades, ¿quién guarda la verdad? Por ello, Foucault advierte que los gobernantes lo que hacen es apoderarse de un conocimiento que les resulta útil o utilizable, para darnos “entretenimientos” con rituales, como en nuestro caso lo son los mismos ceremoniales de posesionamientos de autoridades, bastones de mando, bandas de dignidades, condecoraciones, sesiones solemnes, ruedas de prensa; etc. Si a esto añadimos nuestra interculturalidad, donde la ritualidad está menos racionalizada (en el sentido del ejercicio del razonamiento), las aleturgias se nos vuelven más imprescindibles. Vivimos nosotros el arcaísmo de la racionalidad de los siglos XVI y XVII, dice el aludido autor. Vivimos la experiencia de que gobernar significa el arte de confundir. (O)

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