Al margen de los dioses / Pedro Reino Garcés

Columnistas, Opinión


A-teos se registra, según leo en un Tratado de Ateología, como una denominación a quienes no querían creer en ese dios resucitado al tercer día. Esta palabra traída del griego fue empleada como un estigma que utilizaron los cristianos, según se dice, desde el siglo II de nuestra era, pero tomó mayor vigencia desde 1532, justamente cuando los cristianos entraban a la conquista del imperio inca.

En principio se tenía la palara “paganos” para referirse a quienes adoraban a otros dioses. El cristianismo, al no admitir que el hombre tuviera sus dioses, de acuerdo a sus culturas, las que están regadas por la tierra, divulga el término ateo, negando o invalidando ese principio de una libre determinación religiosa. Si no creían en su dios cristiano, un creyente en otra religión era un ateo a quien había que menospreciarlo, estigmatizarlo y perseguirlo con esos fanatismos ciegos que imprime el sectarismo enfermizo que sigue vigente en el mundo. Entonces, una cosa es no tener dioses como el sol, la luna, la Tungurahua, el rayo, Venus, Zeus, la Mama cocha (mar), Visnú, el toro, la vaca, etc.; y otra cosa es estar y vivir al margen de las divinidades, asumiendo la reflexión y la filosofía como normas de una moral de tolerancia humana.

Por eso, según dice el autor que leo: “los adoradores de todo y de cualquier cosa, los mismos que, en nombre de sus fetiches, justifican la violencia y la intolerancia y las guerras del pasado y del presente  contra los  sin dios, reducen a los incrédulos a ser, desde lo etimológico, no más que individuos incompletos, amputados, fragmentados, mutilados, entidades a las que les falta Dios para ser de verdad…Los seguidores de Dios disponen incluso de una disciplina consagrada por completo a estudiar los nombres de Dios, su vida y milagros, sus dichos memorables, sus pensamientos, sus palabras –porque habla- y sus actos, sus pensadores de confianza, que están a su servicio, sus profesionales, sus leyes, sus adulones, sus defensores, sus sicarios, sus dialécticos, sus retóricos, sus filósofos, y sí, sus secuaces, sus servidores, sus representantes en la tierra, sus instituciones inducidas, sus ideas, sus imposiciones y otras tonterías; la teología. La disciplina del discurso sobre Dios…” (Michel Onfray, Tratado de Ateología, Anagrama, Barcelona, (París) 2005.

Entre nosotros, una forma de dependencia es la que se nos ha impuesto como norma de vida. Tenemos, como obligación externa, por presión social, y hasta constitucionalmente, la de ser creyentes, en el sentido cristiano. Ni siquiera tenemos el derecho a ser dudantes (V.T.). Debemos ser sometidos a algo y a alguien, desde antes que tengamos uso de razón. Con el paso de los siglos, si el hombre se desarrollara en un mundo filosófico, si no tuviera que  batallar primero en las dependencias de la supervivencia, en enfrentarse a las impotencias de sus enfermedades no descubiertas por la ciencia, y peor, manipuladas por la infamia y el egoísmo congénito, si tuviera solucionado solventemente su felicidad terrena, tendría más tiempo para ejercitar el uso de ese potencial que se llama reflexión, fundamentado en sociedades superiores, no en mundos mediocres que patalean en los pantanos de la fe que es predicada por las promesas de sus profetas ilusos. (O)

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