Una pincelada a Paquito

Existen vidas que no se miden únicamente por los años cumplidos, sino por la profundidad del trazado que dejan en el corazón de quien tuvo el honor de conocerlas. Al cumplirse cuatro años de la partida de Francisco Suárez Torres, el entrañable “Paquito”, resulta imprescindible tomar el pincel de la memoria para plasmar una semblanza en homenaje a un hombre cuya existencia fue, en sí misma, una auténtica obra de arte.
Paquito fue un ser humano polifacético y extraordinario, de aquellos cuya versatilidad y nobleza rara vez se concentran en una sola persona. Como deportista y exdeportista, demostró siempre la disciplina y la garra de los grandes; fue un entrañable querendón de su glorioso Colegio Bolívar, institución donde se graduó y a la cual representó con garra como deportista insigne. Su profundo respeto y amor por los símbolos patrios y por la provincia reflejaron siempre su fervor cívico.
Como dirigente deportivo y mentor, guio a generaciones con visión e integridad. Su paso por la política estuvo marcado por vocación de servicio, mientras que en el ámbito profesional brilló como un cirujano odontólogo de impecable trayectoria. Tuvo, además, el inusual orgullo familiar de inaugurar una hermosa tradición médica que hoy heredan y continúan con honor sus hijos y nietos.
Sin embargo, su genio no se detuvo en las aulas ni en los consultorios. Paquito fue admirado en todo el país como un talentoso artista plástico; sus lienzos reflejaban la sensibilidad con la que observaba el mundo. Pero, por encima de cualquier título o reconocimiento, su obra maestra fue la calidez humana. Fue un padre ejemplar y un luchador incansable que jamás perdió la sencillez.
En lo personal, rindo este tributo póstumo a mi gran amigo y guía. Cuando emigré a Ambato, en medio de la incertidumbre del inicio, Paquito fue el primero en extenderme su mano generosa y brindarme un hogar en su afecto. Cada uno de sus sabios consejos me sirvió de brújula para emular sus virtudes únicas: su profesionalismo intachable, su amor infinito hacia los suyos y esa humildad genuina con la que trataba a todos por igual.
Aunque ya no camine entre nosotros, Paquito no se ha ido. Su esencia permanece viva en el recuerdo de un país que lo admira y en el legado vivo que continúan sus hijos. Su trazo en nuestras vidas es imborrable. (O)
