Reparando grietas

Antes de tocar el octavo hábito japonés quiero hacerme unas preguntas: ¿Por qué el mundo moderno sigue ignorando como si fuera irrelevante los hábitos que podríamos conocer, difundir y luego aprender de los japoneses, su sabiduría de hace siglos y convertirlo en filosofía de vida? Podemos cambiar nuestra salud, nuestras vidas, haciéndola armónica y empática con los demás. ¿Por qué nosotros que tenemos acceso a toda la información del mundo en la palma de tu mano, que tenemos más recursos que el 90% de la historia de la humanidad seguimos sin lograr lo que todos quisiéramos? La respuesta no está donde nosotros creemos que está. No es falta de motivación, no es que no nos da la gana, no es que no tengamos tiempo. La respuesta real y que duele un poco aceptar, es que no sabemos ser disciplinados ni constantes. Nadie nos ha enseñado cómo funciona la constancia a nivel real, a nivel neurológico, a nivel de la arquitectura mental.
Todos hemos pensado o imaginado cambiar nuestras vidas, pero el cuerpo dice que no, hoy no, mañana sí y ese mañana se convierte en nunca, los neurocientíficos lo llaman resistencia al cambio. No es debilidad de carácter, es biología. El cerebro prefiere los patrones conocidos, cómodos, porque consumen menos energía. Lo que requiere cambio con esfuerzo y perseverancia es “costoso” y el cerebro lo rechaza.
Una metáfora profunda para nuestras vidas es el octavo hábito llamado El kintsugi o kintsukuroi ((金継ぎ) El arte de reparar cosas rotas con oro. Cuando un jarrón se rompe no lo tiran a la basura como hacemos nosotros, lo reparan, pero en lugar de ocultar las grietas, intentando pretender que nunca se rompió, las llenan con oro y la pieza se vuelve más hermosa, única, valiosa, más significativa. Es una metáfora profunda para la vida, porque nos romperemos, fallaremos, seremos lastimados, perderemos cosas o a quienes amamos, pasaremos por experiencias que nos partirán en pedazos, pero eso no nos hará inútiles, nos hará más reales, más humanos. Y cuando nos reparemos a nosotros mismos, con paciencia y amor propio, esas grietas se convierten en lecciones de oro y partes de nuestra historia. No serán algo que esconder, sino algo que honrar. Porque las personas más fuertes no son las que nunca se rompieron, son las que se rompieron, se reconstruyeron a sí mismas y llevan ese oro con ellas. Ese oro es sabiduría, ese oro es compasión, ese oro es profundidad de carácter que solo viene de haber estado en el fondo y haber encontrado la forma de resurgir.
Así que, si estamos pasando por algo difícil ahora mismo, si sentimos que nos estamos rompiendo, recordemos esto. No estamos dañados, estamos siendo transformados y la versión de nosotros que surja será más fuerte, más sabia que antes. No escondamos nuestras cicatrices. No finjamos como que nunca hemos tenido sufrimientos, dejemos que éstos sean testimonio de nuestra resiliencia (capacidad de recuperarnos y salir fortalecidos frente a la adversidad, el trauma o el estrés significativo), de nuestra capacidad de sanar, de nuestra negativa a rendirnos incluso cuando todo parezca perdido. (O)
