Lecciones aprendidas

Columnistas, Opinión

La democracia tiene una virtud que, con demasiada frecuencia, olvidamos: basta un solo voto para hacer la diferencia. Ese voto puede inclinar la balanza, modificar el rumbo de una ciudad, de una región o de un país y ratificar que la única voluntad soberana es la que se expresa en las urnas.

Por eso, hace tiempo dejé de creer en los temores y en los “cucos” que, con notable destreza, han sabido vender los mercachifles de la política.

Nos han querido convencer de que las elecciones pueden resolverse desde los escritorios, las encuestas o los acuerdos entre bastidores, cuando la única verdad se construye el día en que los ciudadanos ejercen libremente su derecho al voto.

Por ello, no tiene sentido caer en la desesperación ni rasgarse las vestiduras con tanta antelación, intentando proclamar vencedores antes de tiempo o diseñar candidaturas al margen de la voluntad popular. Esa ansiedad solo revela desconfianza en sus propias capacidades y en el propio sistema democrático.

La política se parece mucho a la navegación. Una vez definido el rumbo, corresponde desplegar las velas, aprovechar la fuerza del viento y mantener firme el timón. Solo quienes perseveran sin apartarse del horizonte llegan finalmente a buen puerto y se generan la posibilidad de hacerse nuevamente a la mar.

Esa es, quizá, la primera gran lección: en democracia no deciden el ruido, las especulaciones ni los intereses de unos pocos. Decide la ciudadanía. Y mientras ese principio prevalezca, siempre existirán razones para confiar en la fortaleza de nuestras instituciones.

Sin embargo, la democracia tampoco es infalible. El triunfo en las urnas no constituye, por sí mismo, una garantía de honestidad, eficiencia o acierto en el ejercicio del poder. La legitimidad de origen debe ir acompañada de una gestión transparente, responsable y comprometida con el interés colectivo.

Es allí donde el elector adquiere un papel determinante. Su voto no solo elige autoridades; también define el rumbo de una comunidad y asume la responsabilidad de sus consecuencias. En esa decisión se encuentra buena parte de la explicación del éxito o del fracaso de una sociedad.

Algo parecido ocurre en el fútbol. El reciente Mundial nos recordó que un solo jugador puede cambiar el destino de un partido con una genialidad, pero jamás debería cargar en soledad con el peso de la victoria. Para alcanzar el objetivo hace falta un equipo comprometido, solidario y convencido de una misma idea de juego. Cuando ese espíritu colectivo se rompe, incluso el jugador más brillante pierde protagonismo, se opaca y termina sometido al ritmo inexacto de la displicencia deportiva. Sin duda, más de un ejemplo quedará registrado en las páginas de la historia futbolística tras la conclusión del FIFA 2026.

Lo mismo sucede en la vida pública. Ningún líder, por brillante que parezca, puede construir el futuro sin el respaldo consciente de una ciudadanía responsable. Los territorios locales aguardan hoy decisiones trascendentales. Su destino, y el de las generaciones que vendrán, descansa en las manos de quienes acudirán a las urnas.

Al final, la lección es tan sencilla como profunda: las democracias no se fortalecen por obra del azar ni por la voluntad de unos pocos. Se consolidan cuando cada ciudadano comprende que su voto no es apenas un derecho, sino una responsabilidad con el presente y un compromiso con el futuro. (O)

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